Vestido de novia, de Socorro Venegas

Por Miguel Ángel Hernández Acosta.

Vestido de novia no es sólo la narración del luto de una mujer por el esposo fallecido, tampoco es únicamente la novela sobre una mujer que ha rehecho su vida y debe enfrentar su pasado, ni es la sucesión de catástrofes que debe combatir durante su duelo y menos es una novela lacrimosa que hable de lo perdido. Más bien es el recuento honesto de una mujer que ha dejado de sufrir, que ahora tiene una razón para continuar enfrentando el día a día y es la reconstrucción de cómo salió de un mundo (el de ‘Aldo’, el esposo muerto) y llegó a su propio mundo (el de ‘Laura Dumas’). Es, eso sí, una historia sencilla, que no requiere grandes despliegues narrativos para hacer que el lector se identifique con los personajes y empiece a quererlos. Posee, además, una fuerza al momento de narrar que se basa en llegar a la profundidad de los sentimientos de los personajes con palabras claves, frases certeras; además de descripciones muy eficientes que engloban mundos en sí mismas: “Mi madre era una simuladora profesional: apartaba los ojos de todo aquello que representara un conflicto. Era más bien una especie de ama de llaves: mantenía la casa impecable, la comida a su hora, y lo único que pedía a cambio era que no se alzara demasiado la voz, que no hubiera palabras altisonantes, que todo transcurriera con mesura”.

‘Laura Dumas’ es una mujer que sufrió la muerte de su primer esposo y ahora lleva una vida común al lado de su nueva familia (el segundo esposo y su hijo). Han pasado diez años desde que su primer marido murió y un día, cuando va a pagar la renta de la cripta donde se guardan las cenizas de ‘Aldo’, le preguntan si le gustaría venderla. ¿Qué hacer entonces? ¿Sacar ese fragmento de su pasado que se halla en una urna? Este es el motivo que provoca el recuento de esa parte de su historia, pero como ha pasado ya mucho tiempo desde aquella muerte, ‘Laura’ hace un repaso de virtudes y defectos, de malos momentos y de recuerdos tergiversados por el olvido de los años.

Quizá por esa lejanía el dolor es matizado por la ironía, como cuando Laura decide vestir a Aldo con una playera del Cruz Azul, el equipo de futbol de su predilección, y el hombre que está a punto de cremarlo al ver la imposibilidad de la esposa para conseguirlo, le ofrece ponerle la playera: “Aunque, añadió, yo le voy al América”. Es por este humor cotidiano que es posible imaginar que la mejor ayuda que consiguió ‘Laura’ tras la muerte de ‘Aldo’ no haya sido un amigo, una psicóloga o un familiar, sino la revista ‘El mueble’, donde las consultas de los lectores (al parecer muy superficiales) le ayudaron a no autocompadecerse.

Venegas continúa con la exploración que inició en Todos mis secretos sobre el dolor y la forma de superarlo, pero no desde un punto de vista dramático, sino desde la recapitulación sin concesiones. Es ésta una novela que crea personajes memorables, queridos y cuyo desenlace apuesta por el triunfo del ser y no por su destrucción. Si en Cumbres borrascosas se invoca a la amada muerta para que no descanse y se mantenga rondando en este mundo, en Vestido de novia se invoca al esposo muerto para que deje de doler y al fin se pueda abandonar el camino que se creó en conjunto. Tal como dice la narradora: “…voy a destruir tu memoria. Seré tu enemiga y borraré los vestigios que durante más de diez años perduran. No habrá huella de ti que se atraviese en mi camino: no tienes derecho a un camino”. Este camino, sin embargo, es bello mientras uno lo recorre a través de las páginas.

Venegas, Socorro. Vestido de novia. México: Tusquets, 2014.