Ohio, de Alfredo Lèal

Por Miguel Ángel Hernández Acosta.

Ohio es un libro que produce muchas preguntas: ¿Qué es un cuento en la actualidad? ¿Cuáles son las características del cuento contemporáneo? ¿Aún cuentan historias los cuentos? Compuesto de ocho “textos” (califiquémoslos así de principio), Ohio conjunta historias que no son historias, protagonistas que no son protagonistas y puntos de vista que cambian muy al estilo de Horacio Quiroga: el observador resulta ser observado, la primera narración termina siendo la menos importante, el primer plano puede ser sólo el que alumbre al que está en el fondo y es el primordial. 18 en Vegas, por ejemplo, es la descripción minuciosa del encuentro entre un hombre y una joven, quienes están en una parada de autobús y hablan mientras pasa el tiempo. Él siempre tiene una mano dentro del bolsillo izquierdo del pantalón, ella lleva unos shorts y se toca las piernas con una naturalidad tal que hace que el lector sospeche que hay algo más: una mala intensión, cierto morbo, la tentación de subvertir el momento. Pero no, no hay nada. El “relato” va y viene jugando con las expectativas del lector. Al final, éstas no serán cumplidas, pero habrá sido posible asistir a un instante único que da la impresión de haber sido fundamental; da la impresión de que si se entendieran todas las claves presentes en él se podría entender mejor este residuo de “realidad“.

En Florería el autor juega con los narradores. A este momento narrativo se llega sin ningún preámbulo, sin saber qué está pasando y ese desconocimiento provoca una inquietud que parece anteceder “algo”, pero no es así. Hilado con frases líricas que al oído caen bien, pero al raciocinio resultan desconcertantes (“sólo estuvo todo el rato ahí sentado en su cubeta viendo a las mujeres pasar, chocar en el aire con los piropos que salían de su boca”), ese instante que se lee es el recorte de cierta cotidianidad que no tiene un fin concreto (ni un inicio). Esa imagen que se utiliza para hablar del cuento como un fragmento de un instante, aquí es literalmente utilizada y el lector asiste a eso: un pedazo narrativo sin una tensión dramática.

Con T. B., Monique y Ohio ocurre lo mismo: las expectativas del lector son las que no resultan complacidas, pero no por ello esos “instantes” que se narran dicen poco. En estas “historias” se está frente a la pintura de una naturaleza muerta donde no importa lo que se ve en la imagen, sino el ángulo y el brillo de la luz que lo ilumina.

Quizá los “cuentos” que pueden responder más a la manera tradicional de su clasificación sean André Falgás, ¿No es verdad que me quisiste, Margarita? y Sainte y los amantes ingenuos. Sin embargo para considerárseles como tales, se quedan cortos en lo que cuentan, pero esto no es un defecto, sino una característica que los acerca a lo posmoderno, a la fragmentación, a lo inacabado.

Alfredo Lèal entrega en este libro una serie de “experiencias narrativas” que iluminan los segundos planos y que hacen que el lector nunca se instale en una zona de confort, sino que exigen de él su participación y su completa atención. El resultado de la lectura dependerá no ya del libro, sino de cada receptor.

Lèal, Alfredo. Ohio. UACM. 2007.