Entrevista a Daniel Rodríguez Barrón, autor de La soledad de los animales

Por Miguel Ángel Hernández Acosta.

Las buenas causas sociales esconden tras de sí una motivación completamente personal. Al menos eso podría interpretarse de La soledad de los animales, de Daniel Rodríguez Barrón. En esta novela, el autor explora el mundo de los defensores de animales, quienes por seguir una idea olvidan que así como los animales tienen derechos, también los individuos los tienen. Se convierte en un espejo que no sólo refleja una parte de la realidad, sino que al alumbrar dicho reflejo critica ambos lados del cristal. En un extremo están ‘Laura’, defensora de animales; ‘Pablo’, un joven que quiere vengar la muerte de sus perros; ‘Nínive’, la hija de ‘Laura’ que parece vivir en orfandad, y ‘Silvia’, la madre de ‘Laura’ que cura por medio de zooterapia. Por la otra parte está ‘Felipe’, un periodista cuarentón que quiere conquistar a ‘Laura’ y quien orillado por los impulsos apoyará la causa de los defensores de animales hasta un punto que ni él mismo es capaz de soportar.

Dividida en tres partes, La soledad de los animales expone a este grupo que comienza a realizar actos de terrorismo con tal de que los medios y el gobierno pongan atención sobre el maltrato que sufren los animales. Con un ritmo policiaco, con personajes que actúan como seres reales y con un constante juego del narrador con el lector, La soledad de los animales es una novela que pretende retratar el cambio de mentalidad respecto a este tema, así como la elaboración de un nuevo paradigma moral donde quizá la única salvación sea la muerte.

Parece que tu novela quiere apoyar a los defensores de los animales, pero tal vez sea lo contrario…
Lo que yo quería era describir el problema ético de que nuestras ideologías, cualquiera, de pronto nos pueden llevar por caminos equivocados. Al protagonista lo han tratado como la parte cobarde, la que no se sacrifica, pero también es la parte más humana. Quizá yo mismo, en una situación tal como la que pasa él, hubiera optado por la vida y no por un acto heroico, a mí me suenan sospechosos los sacrificios heroicos, los veo con cierta crítica. No es que esté en contra de los defensores de los animales, por supuesto que no, yo tengo mis propios animales, me gustan mucho, pero veo ese filito de locura, ese filito de exageración que tienen todas las ideologías y que te lleva de pronto a traspasarlo y a cometer grandes daños.
Uno se desencanta de todas las ideologías, de todo lo que empieza muy bien y termina muy mal. En la política lo ves todo el tiempo: la izquierda, el comunismo, el fascismo. Todos tenían una idea más o menos racional de lo que querían hacer, algo incluso benéfico. Hitler, por ejemplo, fue votado por su pueblo porque tenía ciertas reformas económicas que los iban a hacer avanzar y de pronto sucedió lo que sucedió. Es increíble que una de las primeras cosas que hizo el partido de Hitler (esto lo dice Enzensberger en Política y delito), fue promover el bienestar de los animales; lo primero que hizo fueron dos reglas: una de no maltrato a los perros y los gatos, y otra de que siempre que te encontraras a un animal, digamos en el campo, tenías que cuidarlo, era tú responsabilidad. Ahí hay algo extraño, cómo es posible que una política encargada de matar a judíos indiscriminadamente sea, al mismo tiempo, defensora de los animales.

En la novela se observa un enamoramiento del autor con dos personajes: ‘Laura’ y ‘Nínive’…
Quería enganchar (y este es un truco de la novela policiaca), crear dos personajes ficticios con los que tú te enamores como lector y digas: “mira, va para allá”, y a la mitad del capítulo, ése que creías el protagonista se muera y resulte que hay otros protagonistas y que la novela va para otro lado. Lo que quiero hacer con el lector es divertirlo, encantarlo, ver cómo juega conmigo, ver cómo me sigue, a dónde quiere ir. Como lector me gustan esas novelas donde van pasando cosas que no preveo, que no me espero y cuando lo logran bien, digo: “esa novela me encanta, me hizo sentir cosas”. Eso es.
Hay enamoramientos entre el protagonista y Laura y luego un pequeño enamoramiento entre el protagonista y esta niña (‘Nínive’). Hay como una especie de coqueteo y nunca sabemos de parte de quién: si la niña está coqueteando o si es él. Siempre trataba de dejarlo lo más ambiguo posible, porque además eso le daba interés a la historia. Es decir: por qué Felipe quería acompañar a esta niña descalza y mugrosa a un lugar donde hay animales encerrados, para qué querrá hacer eso. Bueno, quizá porque hay un interés más allá de anhelar ser un protector de animales.

El autor es muy tajante en cuanto a su crítica respecto a cómo se usan los animales…
Empecé la novela haciéndome las preguntas que ellos se hacen: “¿Qué haría por mis perros (tengo dos)?”. Podría llegar tal vez a un extremo (por suerte que nadie me pone en ese extremo). Luego, al investigar, vi muchas fotografías de animales que son utilizados en laboratorios. ¿Viste la nota de la artista inglesa que se hizo torturar diez minutos como torturan a los animales en los laboratorios de cosméticos? Entonces, claro, te gana el sentimiento, te pones de ese lado. Pero al mismo tiempo, voy a un restorán y como carne. Hay una contradicción grave que no sé cómo resolver. Quiero mucho a mis perros, quiero mucho a los animales, pero al mismo tiempo voy a un restorán y como carne, como vaca, como cerdo… Lo que quería plantearme es este movimiento cultural que es real y se está dando y que ya lleva varios años y que nos está cambiando.
Estoy leyendo a Giorgio Agamben, un filósofo italiano, y lo que dice es que al final de la historia, no como en un asunto apocalíptico sino en su rollo hegeliano del final de la historia, de cuando el hombre no tiene más que cumplir, lo que vamos a hacer es reconciliarnos con nuestra parte animal. Eso es asombroso y quiere decir que algo anda en el ambiente que te dice que algo está pasando hacia nuestra parte animal y que la estamos recuperando, analizando, no sé si por mala conciencia, por mala conciencia de saber que los matas indiscriminadamente… No sé si lo haces por eso o, por como dice Agamben, porque tenemos que reconciliarnos con esta parte.
Estamos viviendo un cambio cultural y no sé para dónde vaya… Por ejemplo, lo de los animales y el circo, ¿qué va a pasar? Bueno, va a haber circos que sean sólo un espectáculo sin animales, pero cuántos animales vas a poder salvar con esta medida… Estamos confundiendo el bien moral con una ética extraña, moderna, nueva, que no sé a dónde va, pero que me interesa mucho, porque es real… Se están haciendo leyes basándose en ella.
Parece muy banal lo que estamos discutiendo cuando vivimos en un país donde hay feminicidios y donde el narcotráfico mata a miles de personas, pero eso ya nos parece más natural porque suena como un asunto meramente político. “Todas las guerras han matado gente, por qué no, pero ahora vamos a hacer algo en favor de los animales”. Es ese sesgo el que quise trabajar en la novela; es esa parte ética en donde te das vuelta para no ver lo que le está pasando a tu prójimo pero sí para ver lo que le está pasando al animal y vivirlo como en carne propia. ¿Por qué? ¿Porque es más fácil? La verdad es más fácil. Yo tengo perros y los animales te quieren todos los días, las 24 horas están disponibles para ti; las personas no, hay que ganar sus afectos, su confianza, y a veces ni así. ¿Por eso nos estamos yendo con los animales? ¿Porque es más fácil sostener una conversación con alguien que no te va a replicar? ¿Lo hacemos porque es más fácil o porque sentimos un amor tipo San Francisco de Asís?

La soledad de los animales es una novela que intenta tener una mirada transversal, pasas por la política, por el arte, por la fe…
Porque este cambio cultural está en todas partes. No sólo está en un grupo de intelectuales que escriben novelas, sino también en las mamás, los amigos, los primos, los veganos; tiene que ver con la política porque se están haciendo leyes. Agamben dice que nos vamos a convertir en animales, que es como una suerte de paraíso, pero al revés: no es el paraíso del pasado, sino el que nos espera en el futuro. Es una concepción teológica de que un día nos vamos a reconciliar tanto con nuestra parte animal que nos vamos a convertir en animales…

‘Nínive’ es casi un animal…
Nínive es un animal. La soledad de los animales no está hablando de los perros ni de los gatos, sino de estos tres o cuatro personajes y su propia soledad. Es su propia soledad la que los lleva a quererse entre ellos o a los animales. Nínive es como un perrito, siempre me pareció que debía tener como esta figura.

‘Nínive’ es un nombre religioso… ¿El nombre se debe a cómo suena?
Es un homenaje a Cortázar. Él tiene su Rocamadour, que es un lugar en vez de una persona. Él lo utilizó como un nombre propio, pero en realidad es una región. Entonces dije: “¿cuál puede sonar bien?”, y me pareció que Nínive podía sonar bien.

En la novela todos terminan utilizando a los animales, como la mamá de Laura que usa la zooterapia. ¿Es imposible salirse de eso?
Es imposible, es una bola de nieve. Ok, yo los quiero mucho pero también los utilizo para curar cosas ridículas (un hurón cura el cáncer, por ejemplo, me burlo de eso). Pero, sigues haciendo uso de ellos. Yo no sé si tener un animal de compañía, una mascota, es un uso, porque yo los tengo en un departamento. Tengo una Beagle, que idealmente su naturaleza es cazar, correr en el campo y yo la tengo en un departamento comiendo croquetas, es decir, cosas industrializadas, yendo al veterinario, la esterilicé. Pongo en la novela a unos indígenas que están protestando porque los esterilizaron como animales, sin que ellos quisieran y es lo que nosotros hacemos con nuestros animales, y está bien visto por las sociedades de protección. Mis dos perras están esterilizadas y ellas no lo pidieron. Eso es usar a los animales. Nunca vamos a escapar de eso. Siempre les vamos a ver el pero: “ya no como salchichas, pero mando a mis perros a esterilizar…”

Y al final la única solución posible, sea ética o no, es la muerte, es lo que plantea ‘Nínive’.
De hecho ella dice: “los animales gritan: libertad; gritan: sálvame, quítame de la vida”. La verdadera tortura no es lo que hace uno contra el otro, es la existencia. Y la única libertad, sí lo creo, es la muerte. Es la única manera de que esa contradicción termine. No hay otra manera. Es bastante radical, pero de alguna manera tiene que terminar.