Entrevista a Antonio Ortuño

En la narrativa no hay procedimiento más cercano a la ética que la sátira.”

Por Juan Nicolás Becerra y Jonás “Eveready” Domínguez.

Desde aquella inclusión de los cuentos Pseudoefredina -en El futuro no es nuestro. Nueva narrativa latinoamericana (2009)- y de Boca pequeña y labios delgados -que formó parte de una antología intitulada “Los mejores narradores jóvenes en español” (2010) propuestos por la revista Granta en Español-, Antonio Ortuño (Guadalajara, Jalisco, 1976) ha acaparado reportajes y entrevistas como una de las máximas figuras literarias mexicanas -basta recordar ese ejercicio de Carlos Mota y Ana Paula Ordorica para el libro Uno+uno: 32 Líderes sumando por México, en el que el tapatío es el único escritor incluido en la lista de entrevistados, o más recientemente la postulación de Confabulario, suplemento cultural de El Universal, que suscribe a Ortuño –bajo la mirada del crítico Alejandro de la Garza– como figura clave en la transición generacional en el actual panorama literario nacional.

Su segunda novela, Recursos humanos (2007), finalista del Premio Herralde de Novela, es una mirada satírica al drama oficinesco que se presta como invitación para seguir leyendo su obra, en la que el resentimiento y la corrupción son algunos de los elementos de la podredumbre humana.
Ortuño cuenta además con otras tres novelas: El buscador de cabezas, (2006); Ánima (2011) y La fila india (2014), así como dos volúmenes de cuentos: El jardín japonés (2008) y La Señora Rojo (2010), en los que tiene la bondad de jugar con lo ácido de la vida diaria y la virtud de redactarlo.

A continuación presentamos una charla electrónica con uno de los escritores mexicanos más provocadores e insumisos.

Después de la mención de Granta, ¿qué ha pasado por tu literatura?
Creo que lo mismo. Vaya, como porrista de mí mismo fue un reconocimiento estupendo pero escribo por otros motivos que ser aplaudido. Nunca he escrito para gustar, a veces lo he hecho para molestar.

Has publicado cuatro novelas en el mismo número de editoriales, todas de gran calibre: Planeta, Anagrama, Mondadori y Océano, ¿qué ha significado esto?
Cada libro, idealmente, debe encontrar un editor que se entusiasme con él y le apueste. He tenido la suerte de trabajar con editores como Jorge Herralde, Andrés Ramírez, Claudio López Lamadrid, Juan Casamayor. Y ahora mismo con Martín Solares, quien es además narrador, un tipo que sabe mucho y con quien se trabaja de maravilla.

Vicente Leñero ha dicho que “lo peor que le puede suceder a un escritor —de los que no somos best-sellers, por supuesto— es publicar un libro en Random House Mondadori de México.” ¿Qué tan cierto hay en eso de publicar en grandes editoriales?
Bueno, eso lo dijo Leñero por un problema particular. Yo no he tenido esos problemas hasta ahora. Una editorial debe garantizarle a un autor libertad, apoyo y distribución. A veces encuentras eso en sellos grandes y otras en proyectos independientes.

¿Crees en los agentes literarios?
Trabajo con uno, Michael Gaeb, de Berlín, que es estupendo. Así que me concentro en escribir y él trata con los editores: todos felices.

¿Cómo escoges el título de tus libros?
Hasta ahora, ha sido simultáneo a la concepción del libro en sí. Nunca hago selección entre varios o cosa similar. El libro nace con título.

Hace poco catalogaron tu narrativa en la post-ética. ¿Hay cabida para este asunto del ‘post’…?
Es curioso el asunto de la post-ética: se da por sentado que al presentar hechos violentos y emociones negras uno está a favor de ellas o es indiferente al sentimiento ético. Pienso lo contrario: en la narrativa no hay procedimiento más cercano a la ética que la sátira.

En tus novelas siempre hay temas cotidianos pero en Ánima, con el estilo que te caracteriza, llevas a los personajes a la ambición, la traición, el enfado, ¿qué opinas de esta competencia laboral desleal que se da en todos los ámbitos?
Es una de tantas posibilidades de la condición humana, potenciada por la idea contemporánea del éxito bajo la clave de dinero, viajes, compras. Pero allí está la literatura para dar cuenta de que todo o casi todo es humo y ceniza. Es una de sus buenas posibilidades.

¿En Recursos humanos, hay ficción de lo acontecido?
Hay una estilización del odio de clase y una mirada al microcosmos de la oficina como teatro humano.

¿Cuál fue el proceso de investigación documental para La fila india?
El periodismo te da herramientas. Reuní todo el material escrito y audiovisual que pude. Y procuré charlar con los migrantes que me topaba en el barrio (vivo justo al lado de las vías del tren en Guadalajara). Más que incordiarlos con un cuestionario fijo, hice el ejercicio de escucharlos.

¿El destino de ‘La Negra’ fue meditado con antelación o era el chivo expiatorio que siempre aparece en estos casos?
Cada letra de La fila india es producto de una serie de decisiones. Yo sabía lo que iba a pasar con ‘La Negra’, pero el lector no debe saberlo hasta el momento preciso.

De las entrevistas que has hecho ¿cuál te ha conmovido más y cuál te ha costado más trabajo?
Alguna vez tuve una charla de un par de horas con Raúl Zurita, el poeta chileno. Habló de lo que padeció bajo la dictadura. Fue duro y conmovedor. La más difícil seguramente fue a Martin Amis. Es un tipo riguroso hasta para escuchar preguntas y tuerce microscópicamente la boca cada que uno pronuncia mal el inglés.

¿A qué escritores estás leyendo de tu generación?
Muchos autores. Mexicanos: Yuri Herrera, David Miklos, Guadalupe Nettel, Nicolás Cabral, Fernanda Melchor, Carlos Velázquez, Daniel Espartaco, Emiliano Monge, Jaime Mesa, Rogelio Guedea, Daniel Saldaña… Latinoamericanos: Andrés Neuman, Lina Meruane, Patricio Pron, Andrea Jeftanovic, Matías Celedón, Juan Álvarez, Andrés Felipe Solano, Carlos Yushimito, Pablo Toro, Rodrigo Blanco… Españoles: Sergi Bellver, Juan Soto Ivars, Juan Carlos Márquez…

De los escritores que mencionas: ¿cuál de ellos te entusiasma tanto como te entusiasman los clásicos griegos y romanos?
Hay diferentes registros en la lectura. Ninguno es igual a otro. Nadie me divierte como Catulo o me intriga como Arquíloco. Pero la lectura de autores contemporáneos da otras cosas: sentido de la inmediatez, lecturas distintas de lo que uno conoce o cree conocer.

Y más allá de los autores citados, ¿qué obra te hubiera gustado escribir?
Me hubiera gustado escribir lo que he escrito. Sería pedante o hipócrita decir que me hubiera gustado escribir los libros de Philip Roth, porque sería tanto como decir “quisiera ser él”. Y no: aunque lo admire infinitamente.

El futuro no es nuestro, donde participaste, se planteó como una compilación de autores en busca de lectores”… ¿Aún (te) hace falta salir a buscar lectores?
El fenómeno literario es muy amplio como para ser reducido a un juego autor-lector. A mí me interesa ser leído y sostener un diálogo con lectores, sí, pero ese es sólo uno de los criterios que pongo en juego al escribir. La narrativa no es solo comunicación pero también lo es. Olvidarse de eso es elegir, para siempre, el esnobismo o el popularacherismo. No opto por ninguno de los dos.

Como dicen los de El Personal “¿En Guadalajara fue…” o te gustaría vivir en otro lado?
Uno no vive en una ciudad sino en una comuna de gente rodeada por desconocidos. Mi pequeña comuna, el barrio al lado de las vías del tren, mi familia, mi perro, mis amigos, eso es perfecto. El resto de la ciudad lo padezco igual que padecería a cualquier otra.