El canto circular, de Adán Medellín

Por Bárbara Santana.

dime cómo es esta quietud, este alto en el camino, cuándo te levantarás a explicarnos tu caos. ¿Cómo escribirás después? ¿Será distinto?”
Los demonios

El canto circular es un libro de umbrales. En un ejercicio íntimo y valiente. Adán Medellín, emprende la búsqueda de lo que hay al otro lado de ese umbral, el misterio supremo de la muerte. La honestidad de la búsqueda, abordada siempre desde la incertidumbre (única posibilidad para quienes seguimos aquí), nos recuerda nuestros propios miedos, dudas y esperanzas. En las preguntas de sus personajes encontramos el eco de nuestras propias preguntas. Sólo hay una manera de cruzar y encontrar la certeza; hasta que ese momento llegue, debemos esperar en la oscuridad que hay de este lado, pues la única cosa cierta es la existencia de ese tránsito. Sin embargo, a través de la imaginación y la literatura, su autor abre una rendija por la que se cuelan algunas posibilidades.

En este lado del umbral habitan asesinos inconscientes, viudas, huérfanos, enfermos que agonizan, hombres llenos de recuerdos, dolientes que lloran esas pérdidas absurdas e inevitables. Los relatos se dan la mano hasta formar un círculo; sutiles líneas se ordenan y entrelazan; un texto nos remite al otro y éste al siguiente.

El libro abre con el cuento al que debe su nombre: una historia en la que el asesinato alcanza fronteras inimaginables. La expedición continúa con Ateliér, relato que retoma la idea del momento de la muerte como una construcción teatral y se enlaza con Aves como bisturíes en la frente, donde se enuncia: “Toda operación es un teatro y uno se vuelve actor y público a un tiempo, escenario y objeto, víctima sangrante y sumisa, asesino de sí mismo, crimen silencioso, el vivo medio muerto aguardando a que bajen la luz y termine el espectáculo”.
Este relato es uno de los más inquietantes y conmovedores del libro pues nos permite ver la terrible esperanza del que ha visto el más allá, la unión de los mundos, el umbral luminoso.
Esta historia da la mano a la siguiente, Soledades de Lucio, en la que un hombre explora dolorosamente los recuerdos de sus vidas pasadas.

Los demonios, otro de los cuentos más bellos, enlaza las historias de dos agonías distintas que se unen a través de un médium que no es una presencia supersticiosa, sino un testigo casual de ambos finales, capaz de ver los puentes y prestarle sus ojos al lector. El libro cierra con Niño perdido, la desoladora historia de los padres huérfanos de un pequeño hijo, quienes encuentran cierta manera, a un tiempo lógica y demencial, para mantenerlo vivo, creciendo como cualquier niño sólo que dentro de ellos, en su mente y sus corazones.

El canto circular es un libro de umbrales porque aunque el lector, a través de los personajes, se asoma al misterio de la muerte, al regresar de esa ventana siente una incertidumbre mayor. No sabemos qué hay detrás, después, arriba o abajo, donde quiera que pase eso que llamamos “muerte” y que percibimos sólo en la sospecha de que en algo deberá ser distinta de esto que conocemos como “vida”. Los seis cuentos acechan esas ventanas en las que, por un momento, los que se quedan aquí pueden intuir el misterio que hay del otro lado.

Los umbrales explorados en El canto circular son fronteras entre la vida y la muerte; siin embargo, no son los únicos que se encuentran en la obra. Hay otro presente a lo largo del libro: la línea entre el lector y el escritor.
Por un lado encontramos a un autor que sigue construyendo su propio universo literario, si bien enriquecido por el de otros autores, empieza a definirse no sólo a través de temas y estilos, sino incluso de juegos autoreferenciales. Por ejemplo, el relato Atélier abre con una carta firmada con las iniciales “A. M.” ¿Se trata acaso del propio Adán Medellín enviándole anónimos a su yo lírico?

Tras la novela Tiempos de furia, en la que ya se exploran temas como el vagabundeo, la soledad y la locura; la muerte encuentra en la obra de Medellín un espacio para la intimidad. El estilo es limpio, delicado, sin retóricas pretensiosas. El tejido es fino y cuidadoso, atrapa sin que apenas el lector se dé cuenta de que ha caído en la trampa. Casi parece una conversación. Y si el ritmo de cada relato empieza lento, el autor permite que el lector poco a poco arme sus suposiciones, que sienta que es él quien teje la historia. Los fantasmas y misterios no se develan de inmediato, dejan entrever una huella y después la otra, pero nunca se revelan por completo. El lector cree haberlos descubierto, confía en su pericia. Sin embargo, el texto acelera, se vuelve vertiginoso, y es entonces cuando se deja ver la red completa en la que se ha caído. El círculo se cierra y el texto se detiene, pero la historia continúa en la mente del lector. Incluso puede ser que no sólo en la mente.

Del otro lado de la línea encontramos al lector. Adán Medellín es un gran lector, entusiasta, siempre dispuesto a aventurarse por nuevos caminos, y con otros caminos queridos, conocidos, que vuelve a transitar una y otra vez. Además es un lector generoso, que abre puertas hacia otros autores. Como cuando uno lee Rayuela y de pronto tiene ganas de escuchar a Thelonious Monk, fumar y proferir algún insulto en francés (Merde, alors!), o como cuando leyendo Los detectives salvajes se antoja un café con leche y un poema infrarrealista, en la lectura de El canto circular nos encontramos, además de las ganas de escuchar a Radiohead, puertas hacia otros autores y otras lecturas que nos llaman a abrirlas. Más allá de los epígrafes de Seferis, Viel, Linh y Mallarmé, el autor de El canto circular nos invita a conocer las historias detrás de la obra de estos escritores. Nos presenta a ‘Viel’ y el delirio de su Hospital británico (“Mi cuerpo-con aves como bisturíes en la frente-entra en mi alma”, dice ‘Viel’ en el fragmento que inspira el título del cuento); nos invita a sumergirnos también en el Diario de muerte de Enrique Lihn, escritor chileno que al ver acercarse el final de la vida, quiso describir ese umbral a través de una poesía orgánica.

Medellín reconstruye también el dolor de Mallarmé quien, al perder a su hijo por una fiebre reumática fatal, arma a través de la poesía silogismos en los que el pequeño pueda crecer y seguir viviendo. Una de las referencias más intensas es sin duda el encuentro con Daniel Sada en esa última entrevista. Pero además pasa otra cosa extraña, difícil de lograr para la mayoría de las lecturas. Cuando al leerlo se despiertan las ganas de cruzar la frontera del lector y ponerse a escribir. Eso en particular es para agradecerse mucho.

Medellín, Adán. El canto circular. México: Instituto Literario de Veracruz-CONACULTA-INBA, 2014. Obra ganadora del Primer Concurso de Cuento Sueño de Asterión 2012.