Entrevista a tres escritores (jóvenes) argentinos

Por Juan Ignacio Sapia.

Imaginemos que, con sólo algunos nombres, hay que dar cuenta de la actualidad de la literatura joven, emergente, en Argentina. Obvio, será un recorte caprichoso y subjetivo: muchas veces la vitalidad de una obra literaria tiene poco y nada que ver con la edad del autor. Sin embargo hay algo en el orden de lo etario que tranquiliza. Por ejemplo, en las antologías que recortan estrictamente a partir de la edad de los autores. “La edad es un dato biológico socialmente manipulado y manipulable. El hecho de hablar de los jóvenes como de una unidad social, de un grupo constituido, que posee intereses comunes, es una manipulación evidente”, dice Bordieu refiriéndose, entre otras cosas, al campo literario. Pero ¿qué tal si se toma como punto de partida las diferencias de un grupo? Es decir, si indagamos sobre escritores jóvenes intentando que sea lo más diverso posible, buscando entre lo heterogéneo de las propuestas alguna coincidencia.
Por esta razón, entonces, invitamos a conversar a escritores disímiles en su trabajo pero con una similitud: nacieron en la década de 1980.

Leonardo Sabbatella (1986) es autor de El modelo aéreo, novela inclasificable en la que, a partir de dos muertes, se despliega un elenco de personajes e indaga en su intimidad. Martín Castagnet (1986) escribió Los cuerpos del verano, en la que construye un futuro distópico, un mundo en el que Internet se erige como un puente digital entre los vivos y los muertos. Nicolás Correa (1983) es autor de Súcubo, novela que utiliza el género de terror para explorar la identidad barrial y los personajes demonizados socialmente. Sin embargo, a pesar de la variedad de temáticas, hay, además de la edad, un rasgo que unifica a los entrevistados: todos publicaron sus libros a través de las llamadas editoriales independientes.

Los tres publicaron sus libros en sellos independiente, no masivos. ¿Cuál es el lugar que ocupan estos sellos en el mercado editorial actual?

MC: Hay un circuito bastante diferenciado entre lo que está girando en las librerías boutique y el resto de las librerías, que generalmente son librerías en cadena. Es medio estúpido que esté tan separado, porque de alguna manera, los sellos emergentes evidentemente no pueden acceder a las grandes cadenas, entonces se quedan en el circuito de las librerías boutique, y un par de librerías más, también. Si tomamos como parámetro lo que se habla entre los escritores y cosas, inventos como las encuestas de Ñ, sobre los mejores libros, o el premio de Eterna Cadencia, son todas cosas que salen por sellos emergentes. El problema que tienen de distribución haga que solamente se lo pueda leer en este circuito muy chiquito de distribución. Es muy triste.

LS: Lo que me parece interesante de las editoriales es que no llegan a formar un sistema de editoriales digamos “independientes”, chicas o autogestivas. Me parece que hay como cierto cuidado, cierto interés entre todas ellas por lo que publican, que es lo que podríamos ver como principal diferencia con los grupos, con lo que publica Random House y todos sus satélites, o Planeta y todos sus satélites. Me parece que hay una cuestión de curaduría, o cuidado con el catálogo, o que cosas eligen traducir, que cosas eligen publicar, que dentro de algo que es muy amplio, hay editoriales que se dedican a cosas muy específicas, y que no necesariamente conforman entre si un sistema, aunque se fueron reagrupando.

NC: Yo a eso agregaría que ahora hay un problema con lo independiente. Creo que hay como un cuestionamiento de los lugares desde donde se construyen los proyectos independientes. Lo que está interesante es el lugar puntual que también hace un microespacio dentro de esa gran posibilidad que hay para los libros. Pero nosotros, somos escritores, ¿que leemos? Leemos el libro independiente, el libro del proyecto. ¿Ustedes compran libros de Sudamericana? Yo no compro eso. Pero bueno, son también búsquedas personales. Me parece que, yo creo que lo independiente ya no funciona más. Si el proyecto. El proyecto autogestionado.

¿Creen que se puede superar esa brecha que hay entre literatura independiente y público masivo?

MC: A mí en realidad me pasa al revés, porque mi libro fue editado por un sello independiente pero que utiliza la distribución de El Ateneo, de Yenny. Y lo que me suele pasar es que la mayoría de mis amigos buscan mis libros en librerías boutique y no lo encuentran. Y de hecho, si solamente estuviera en las librerías boutique, como la mayoría de los libros mis amigos que yo quiero recomendar, no podrían conseguirlo. Porque, para empezar hay que ir hasta las librerías boutique…

LS: Me parece que después hay excepciones. Pensaba en libros como Las teorías salvajes (Pola Oloixarac) publicado por Entropía o El viento que arrasa (Selva Almada) publicado por Mardulce que permiten lecturas múltiples y parecen ser excepciones que pueden filtrarse, como filtraciones que incluso funcionan en esos espacios que están destinados a otro público. Quizá haya un yacimiento de lectores, incluso en los lugares donde en principio no les interesa circular a esas editoriales.

MC: La pregunta es: ¿Podemos conformarnos con que haya un campeón, por así decirlo, que se elija cada año? A mí me parece muy contradictorio que tenga tan poco espacio en los suplementos culturales manistream, en las ferias mainstream, cuando después pareciera es lo único que se está leyendo.

Últimamente hubo muchos debates en torno a una supuesta literatura kirchnerista, incluso algunos autores reprochan que aún nadie escribió la novela del kirchnerismo. ¿Cuál piensan que debe ser la relación entre política y literatura?

MC: El kirchnerismo ya es una forma de modular los relatos. Al fin y al cabo tiene diez años. Una cosa es que exista. La otra cosa es si se debe escribir de esa manera. Hay que escribir de lo que se te cante. Y eventualmente ya va a reflejar. Porque escribimos inmersos en un mundo del que no nos pudiéramos despegar aunque quisiéramos. De hecho, los grandes libros de los llamados géneros escapistas siempre terminan reflejando aún mejor que los de realismo social los que estaba pasando en determinada época.

LS: Las literaturas más preocupadas con la realidad social o con dar cuenta de la realidad social son las que más en detrimento van del lenguaje, de la politización de la lengua. Son las más descuidadas en el peor de los términos con los materiales con los que se trabaja. Y a mí me interesa justamente lo contrario, me parece que no hay una mejor forma de politizar a la literatura que politizando la lengua con la que se trabaja, con la sintaxis que se utiliza. Porque cuando se habla de ideología en la literatura en última instancia estamos hablando de cual es las sintaxis, las formas con las que uno comulga o no o uno intenta encadenarse a ciertas tradiciones.

NC: A mí me da un poco de temor volver subsidiaria la literatura a cualquier tipo de sistema, a cualquier otra forma de discurso. Me parece que es como dicen ellos, eso surge solo en el texto, muchas veces. Creo que ninguno se lo plantea. Y sin embargo en el debate intelectual, en el campo literario, para mí se debate mucho. Para mí se está debatiendo bastante.

Primero proliferaron los blogs literarios, ahora tenemos dispositivos electrónicos de lectura, ¿qué posición debe adoptar la literatura frente a las nuevas tecnologías? ¿Piensan que, de alguna manera, eso ingresa en sus textos?

MC: Me parece que la nuestra es una generación muy afortunada, que se puede distinguir eventualmente de otras porque creo que la revolución que es internet nos agarró cuando estábamos en la adolescencia, tardía, pero adolescencia al fin, entrando a lo que es la mayoría de edad. Nosotros nos acordamos que es lo analógico. Yo me acuerdo, mi educación sentimental, buscando en comiquerías el vhs doblados al gallego pirateados. Mientras los nativos digitales hay que ver cuánto pueden apreciar. De hecho, es muy posible ver que tengan una aproximación a lo que es internet de una forma muy diferente a lo que es nuestra generación. Incluso quizás más, que no pueden vivir sin internet pero despreciando un par de modalidades de acercamiento. Y eso, no hay forma de que no esté en la literatura, que no queramos expresarlo de una manera u otra.

¿Encuentran alguna variable en sus obras que los distinga de escritores de otras edades?

MC: Para mi sí hay algo en común en las temáticas abordadas narrativamente entre la gente de mi edad. No estoy diciendo que antes no haya estado, pero si veo, más que nada en autores nuevos, en sellos emergentes, una irreverencia a como se trabajan los géneros, pero en el mejor de los sentidos posibles, que es tomar de todos. No de no tomar y descartar uno, o no elegir ninguno y quedarse con un realismo bastante chato, sino tomar un poco de todos.

NC: Sí, es cierto, coincido. Me parece que hay más movilidad dentro de la posibilidad, es una herramienta interesante, que te permite dar esos saltos, trabajar con lo irruptivo.

MC: ¿Puede que sea una influencia de la televisión? De alguna manera creo que de donde más aprendimos en esta edad de oro de la televisión. Creo que ahí tuvimos mucha lectura, porque es lectura, al fin y al cabo. Un escritor lee las series de televisión, no las ve.

¿Qué lugar ocupa la crítica académica y la crítica periodística?

NC: la crítica académica es vieja. Es un reloj que atrasa. Lamentablemente, para que incluyan a un autor en el canon académico, se tiene que morir.

MC: Tendríamos que esperar 20 años para que llegue a lo que se está escribiendo ahora.

NC: Igual creo que hay algunos gestos de intento de crítica aislados o que van por fuera de la academia con la especificidad y el rigor de la academia que son interesantes, a veces. Igual, son los menos.

MC: En Internet hay una cantidad increíble de críticas, de reseñas, de espacios. Ahora, me parece que es increíblemente pobre el nivel de lectura; y es tan breve que se puede decir muy poco. Termina siendo un catálogo de gustos.