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Pinochet se pensaba a sí mismo como un “ángel patriótico”, a quien Dios o la divina providencia había puesto “ahí”, como gobernante de Chile; sin embargo, él decía que su cara agria hacia pensar a la gente que él era un dictador pero todo lo contrario, en sus propias palabras, decía que se trataba de una “dictablanda”. Finalmente, “a quién habrían los militares de ¿pedirle perdón?” se autopreguntaba, pues lo que ellos, los militares, habían hecho “prácticamente fue limpiar de marxistas a la nación” (chilena). Este asunto que ahora nos puede causar risa porque parece la diatriba de un Daniel Paul Schreber bananero, en realidad costó la vida de dos mil personas (“¡qué economía!” ironizó alguna vez el general ante la cifra).

¿Los escritores contemporáneos pueden narrar el horror de esas dos mil víctimas? Es decir, innecesario preguntar si la literatura chilena actual debe reflejar o reconstruir el Golpe o la Dictadura Pino-shit; en todo caso, saber si es posible que mediante el artificio literario podamos entrever el horror que hay detrás de este momento de la historia chilena.

Algunas novelas chilenas que tratan de manera directa o indirecta la dictadura de Pinochet incluirían: Soñé que la nieve ardía (1975), de Antonio Skármeta (“el escritor reelabora una serie de acontecimientos que tuvieron lugar entre 1970 y 1973: la campaña electoral que llevó a la presidencia a Salvador Allende; la fiesta con que se celebró en La Moneda su llegada al gobierno, los trabajos voluntarios, las marchas y la violencia de la derecha… todo esto aparece en el estilo coloquiales de unos personajes empeñados en confundir sus vidas con los sucesos políticos que ocurren a su alrededor”).

Otros libros: Lumpërica (1983) y Por la patria (1986), de Diamela Latit; De amor y de sombra (1985), de Isabel Allende; Nosotras que nos queremos tanto (1991), de Marcela Serrano; y principalmente Prisión en Chile (1975) de Alejandro Witker (testimonio) y Tejas verdes: Diario de un campo de contentración en Chile (1974), de Hernán Valdés, con base en hechos reales que el propio autor tuvo que sobrellevar en las mazmorras de Manuel Contreras. “Se trata así de un documento-denuncia y como tal la Comisión Valech lo estudió para saber la realidad de la situación de atropello a los derechos humanos ocurrida tras el Golpe”.

En Tengo miedo torero (2001), Pedro Lemebel revisiona la época del atentado fallido contra Pinochet por parte del FPMR. “La novela está escrita con un contradiscurso antagónico al de la hegemonía, con el fin de proyectar la realidad de una sociedad excluyente y evidenciar la existencia de grupos marginados dentro de la historia nacional chilena”. Narrativa erótica gay a la vez que narrativa de la dictadura, en Tengo miedo torero la figura del dictador es reducida a un hombre temeroso y atormentado.

En El último tango de Salvador Allende, Roberto Ampuero ficcionaliza sobre los últimos momentos de Allende con el permiso claro, que proporciona la literatura. Un diario escrito por un amigo de infancia de Allende funciona para interpretar el pasado. Dice el autor, ex embajador de Chile en nuestro país: “Lo importante, en el caso de figuras históricas, es hacerlo con decoro y seriedad. Que tenga plausibilidad. Y no es conveniente para la democracia de un país, que determinados personajes de nuestra historia sean considerados patrimonio de una corriente política y no puedan ser explorados literariamente desde otras posiciones. Lo que yo trato de hacer es acercarme a esta figura no desde lo político partidario, sino que a través de los sentimientos, de la sensibilidad, en este caso de Allende”. Es por ello que el tango tiene una presencia importante, digamos que marca el ritmo y el drama de esta novela.

Más cercanos a nuestra época: por una parte tenemos autores como Patricio Jara y Mike Wilson, quienes se han abocado a presentar relatos (novelas) en los que pululan personajes freaks. Sujetos escindidos, quizá el único punto en común en la mayoría de la literatura chilena.
Pensemos en algunas obras: el cuento Detectives en Llamadas telefónicas, en el que los detectives Arancibia y Contreras repasan una y otra vez las secuelas del golpe militar. Historia que se emparienta a otros relatos de Roberto Bolaño, que tienen que ver con alguna dictadura y las secuelas de ella, la tortura, el (auto)exilio y la imposibilidad de olvidar.
Alberto Fuguet toca el tema de refilón en Missing: la familia era de clase media, algo acomodada, pero la llegada de la dictadura los empobrece y deciden el exilio. La dictadura como tal es un proceso lejano a la familia puesto que no se trata de militantes sino simplemente el padre tiene un negocio. Cuando el personaje vuelve a su país simplemente no lo comprende.

Tenemos también a una nueva generación de autores premiados (la mayoría con el galardón a la creación literaria juvenil que lleva el nombre de “Roberto Bolaño”), narradores ochenteros que fueron incluidos en la antología Voces-30 editada por Carla Morales Ebner y publicada por ebookspatagonia en la que pareciera que “el Chile pinochetista es sólo una referencia pero no un motivo escritural”, de acuerdo con el narrador hidalguense, Miguel Ángel Hernández Acosta.
Sin embargo, algunos de los antologados en Voces-30 tienen novelas propias en los que la dictadura está presente (cabe mencionar, sin nostalgias post-revolucionarias):

Ciudad anterior, de Gonzalo Contreras, Estrellas muertas, de Álvaro Bisama, Bagual, de Felipe Becerrra, Av. 10 de Julio Huamachuco, de Nona Fernández, Camanchaca y Malasia, de Diego Zúñiga.

Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra, novela en la que su autor no revisiona la violencia de la época de la dictadura sino la falta de una postura política. (“la manera en que Zambra ajusta cuentas con el pasado y a partir de ello cuestiona permanentemente el presente”, escribe el narrador mexiquense José Luis Enciso, “es lo mejor de este libro”).

Punto y aparte merece las novelas Trama y urdidumbre y La filial, de Matías Celedón. La exigencia y precisión borgeana con las que están escritas deja en claro que estamos ante un autor que está en la búsqueda de “nuevas vertientes narrativas” nos dice Hernández Acosta. Sin abocarse a la dictadura como tal, Ambas novelas tienen como tema el horror, la violencia. En ambas novelas el silencio cobra tanta importancia como lo revelado.

Volver a los 17, recuerdos de una generación en dictadura, edición de Óscar Contardo retoma la canción de Violeta Parra como pretexto para reunira 15 autores de ficción y no ficción chilenos -tanto los narradores como periodistas incluidos nacieron entre 1969 y 1979- parte de una generación que creció en Dictadura. Entre ellos: Zambra, Bisama, Jeftanovic, Costamagna, Gumucio, Illanes, Juan Cristóbal Peña, Fernández. Por ejemplo, Nona Fernández escribe una crónica (“HIJOS”) retrato sobre la educación escolar, su vida como alumna de un liceo de clase media “muy transversal cómo era la educación en esos años”, nos dice vía redes sociales; y su experiencia “como compañeros de liceo de la hija de un asesino de la dictadura, uno de los responsables del ‘Caso Degollados’ año 1985: Guillermo Gonzalez Betancurt. Sin saberlo estábamos tan cerca del horror. Su hija era un ángel y era cuidada por agentes de inteligencia, con los que convivimos sin saber quiénes eran. Siendo niños uno no se imagina qué hay más allá de la sala de clases”, concluye.

Quizá estos relatos muestran algo que aún no está contado del todo. Ese algo que permanece en el olvido, y que es aún necesario retrotraer… finalmente cada uno siempre va resignificando su propia historia.

Plus: Aquí el golpe literario sobre el golpe de Pinochet y sus secuelas, acorde a El País.