Ahogaperros: El viejo era cabrón

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El viejo era cabrón

Por Nazul Aramayo

El 16 de julio murió el cantante y compositor Julián Garza, mejor conocido como El Viejo Paulino.

En tres medios diferentes los narradores Carlos Velázquez, Julián Herbert y Jorge Luis Boone le rindieron homenaje con necrologías justas y necesarias. Los tres enfatizaron el legado de la poética de Julián Garza para fraguar los terrenos del alma y la geografía del noreste mexicano. Esto a partir del modelo épico/narrativo/popular conocido como corrido. Julián Garza supo apropiarse de la tradición del corrido para situarse, como escribió Carlos Velázquez, “a la vanguardia al inaugurar una nueva corriente dentro del género: “el corrido posnorteño””. Quizás esta última etiqueta resulte un juego que el mismo Carlos escribió en su cuento “La condición posnorteña”. Sin embargo, creo que resume algo que desde algunos años me ha inquietado de manera personal.

En esto me detengo. Fue más o menos en 2005 cuando escuché con atención las composiciones de Julián Garza. Ese año o ese periodo de mi formación resultaron decisivos. Conocí a quien fue mi primera pareja, inicié mi romance con la cocaína, leí autores norteamericanos y norteños, mi morra pasó por un primer aborto, gané mi primera beca, empecé a escribir mi primera novela y Torreón que se empezó a desmoronar hasta convertirse en la ciudad más violenta del país. Es por eso que hablar del Viejo Paulino resulta algo personal. Porque leerlo o escucharlo es, ahora me doy cuenta, mamar de nuestra tradición narrativa.

No fue coincidencia que al mismo tiempo que leí a Élmer Mendoza, Luis Humberto Crosthwaite, Sam Sheppard y Jack Kerouac también “leyera” los corridos de Julián Garza y otros compositores. En ese momento encontré un paralelismo en estos autores. A grandes rasgos: la manera de los escritores gringos de narrar este territorio como si se tratara de una prenda querida, prenda del alma; la búsqueda lingüística de los mexicanos.

Asociar esto y escuchar con atención las primeras composiciones de Julián Garza, en voz de Los Cadetes de Linares, fue recordar que de niño íbamos al rancho donde mi abuela materna nació, cruzar los caminos de terracería montados en la troca, escuchar los conjuntos norteños, comer asado y sopas mientras soplaba el terregal y las brujas rodaban a través del llano y los cultivos. En este contexto se desarrollaban las historias de los corridos, héroes y antihéroes (pues los mejores ejemplares del género del corrido no relatan villanos de una sola pieza, sino humanos). Hay que aceptarlo: en el norte todos hemos crecido al amparo de los corridos.

En tanto que personaje, El Viejo Paulino le permitió a Julián Garza distanciarse de sí mismo y hacer algo extraordinario, algo a lo que ningún músico popular mexicano de su generación (nació en 1935) se hubiera atrevido: asumir como influjo e incluso retar y llevar al extremo la irreverencia de artistas cuarenta años más jóvenes que él”, escribió Julián Herbert a propósito de cómo el compositor de “Nomás las mujeres quedan” trasgredió el molde “tradicional y respetable” al escribir la canción “Era cabrón el viejo”.

Resolvió “la vulgaridad, la obscenidad y la maledicencia” mediante el humor y la inteligencia. Sus canciones y videos evidenciaron un diálogo entre la tradición narrativa del corrido y la búsqueda de un lenguaje propio.

Con la muerte de Julián Garza recordé que justamente estas composiciones forman parte de nuestras tradiciones narrativas y poéticas. Quizás algo que nos diferencia de las regiones del centro y sur de México.

Julián Garza debe ser reconocido como uno de los papás en el árbol genealógico de narradores norteños.

Cito la famosa despedida que, como escribe Jorge Luis Boone, “Con un conteo hacia delante que luego revierte su orden, el autor marca el clímax del relato: cinco disparos provocan una cuenta regresiva que termina en un último aliento. Entre las figuras del lenguaje no puedo recordar ninguna que proponga esta sintaxis que avanza y retrocede con exactitud –construyendo dos periodos en espejo– para contar dos cosas totalmente distintas. Si no existía, entonces digamos que el libro de preceptiva necesita una adenda, y bauticemos esta figura como la Paulina”.

Habrá muchas despedidas,

pero como esta ninguna,

una, dos, tres, cuatro, cinco,

cinco, cuatro, tres, dos, una,

siempre fue cabrón Paulino,

desde que estuvo en la cuna.