Aburrida en Bouveret, de Alejandra Maldonado

Por Johanna Alejandra Aguilar Noguez.

¿En nombre de qué podemos vivir? Del placer, del dolor, la soledad, el sufrimiento, la orfandad, el egoísmo. ¿Cómo ubicarnos sin condición en el mundo? Con la mentira, la desobediencia, la insubordinación, la indiferencia, el valemadrismo o el valeverguismo…

Aburrida en Bouveret produce escenarios de fiesta: hombres, mujeres, playa, erotismo, sexo, drogas, música, comida (como fondo, un chingo de palabrotas); sin embargo, la protagonista de los relatos se encuentra en un aburrimiento inacabable, infinito, está hasta la madre pese a la movilidad que tiene entre espacios de dolor y placer. Ésta mujer (los relatos parte de una narradora en voz singular) pareciera estar ensimismada, al filo del abismo, cansada de ver las mismas caras, las mismas vergas, el mismo cielo, cansada de escuchar las historias hechas de las mismas frases, los mismos pujidos, cansada de meterse las mismas drogas, que al final sólo le dan una realidad igual de culera o más que la que dejo cuando empezó el viaje, en una frase: cansada de tanta mierda “…para volver a preguntarme cuatro horas después: y todo esto, ¿para qué?”.

Cada una de las historias se construye desde la nulidad, desde la nada, desde el día a día, donde solamente existe un presente relampagueante, lacónico, centrado en el desarraigo, en la supervivencia, en el dale no sea que vayamos a valer madre si nos apendejamos, todo esto acompañado de una brutal cogedera, extraños hábitos y malos modales que sin una pizca de pudor aparecen en una conversación, cuando está a la mesa o en la cama “dos horas después estábamos en su hotel y yo tenía su cara llena de sangre en medio de mis piernas.”

Un exquisito individualismo predomina en la narrativa de ‘La Maldo’, una voz totalmente desfachatada, amoral, que nos relata vivencias orgásmicas sobre y dentro del vacío sin sentido que caracteriza a su personaje principal, sobre la insatisfacción que siente por su existencia, porque tiene hambre y en este mundo no hay nada alrededor “yo ya no aguanto más, ¿será posible morir de pura aburrición? Desearía que sí”, sentencia (a la Morrisey).

Así el personaje busca constantemente arriesgarse, colocarse a la mitad del peligro, quizá porque esto es lo que la salva, lo que le permite seguir viva, para reconocer su condición de individuo perecedero, con fecha de caducidad (hemos empezado a podrirnos desde el primer día) y además de esto le ayuda a soportar el miedo que siente al enfrentar el dolor de haber nacido, la repugnante idea de tener que vivir siempre las mismas cosas y de tener que morir en completa soledad, idea que sobremanera disgusta a la protagonista quien a pesar de todas las chingaderas, respira con vida y alma y en un brutal intento abre su boca desmesuradamente para tragarse unos Dulces podridos, un Yoghurt Tibetano, un polvo blanco, un filete fungi aunque, esté muy lejos de saciar su hambre.

También me aterra tener la certeza de que las peores cosas, las más reales, son las que no se dicen”. Y cuando uno lee la manera en que los personajes de Maldonado tienen para desaburrirse, puede jugarle al loco, pero finalmente…

Maldonado, Alejandra. Aburrida en Bouveret. México: Editorial Moho, 2005.