La espera, seducción de las bellas durmientes, de Kelly A. K.

Por Judith Castañeda Suarí.

Las mujeres que duermen y que se reúsan o se les imposibilita despertar (me) atraen, (me) llaman, (me) parecen seductoras y (me) invitan a ponderar” comparte Kelly A. K. (Ciudad de México, 1981) al lector de su ensayo La espera, seducción de las bellas durmientes. Sí, hay atracción por la imagen y a partir de ésta, la autora se acerca a este personaje para hacerla abrir los ojos, para analizarla tanto a ella como a lo que la rodea, en un recuento de las versiones de este cuento que se han hecho en Occidente desde 1634.

Entonces sabemos: Giambattista Basile, Charles Perrault, los hermanos Grimm, recopilaron las tres más conocidas de esta historia, que en principio perteneció a la tradición oral. “La evoluciónlos cambios que sufre en tan poco tiempo, son muy seductores y dignos de analizarse”, nos dice la autora, al tiempo que entrega un resumen de los tres cuentos, donde el erotismo y la violencia van de mayor a menor con cada actualización, quizá para adecuarlo a la totalidad de los oyentes, quizá debido a la censura proveniente de alguna autoridad, más o menos severa, dependiendo del lugar.

Así, el lector se encuentra con la joven dormida durante cien años y con un hombre que la despierta (un rey en las dos primeras versiones, un príncipe en la tercera) o que intenta hacerlo. Las causas de ese larguísimo sueño son diferentes –un pedazo de lino debajo de la uña, la maldición por parte de un hada–, así como las maneras de hacer que la bella durmiente abra los ojos –la sola presencia del rey, un beso, la extracción del lino.

En este punto, llama la atención lo que de común guarda esta historia con las versiones originales de otros cuentos ahora considerados infantiles: un striptease frente al lobo en Caperucita roja, las hermanastras de Cenicienta que se cortan los dedos una, el talón otra, a fin de que les ajuste una zapatilla de oro –no de cristal–, la sirenita que al final se convierte en espuma de mar. En el caso de La bella durmiente, de Giambattista Basile, existe una violación que, con todo, con la consecuencia de dar a luz a un par de gemelos, un niño y una niña, no consigue despertar a la joven.

Aquí, una de las notas me llevó a buscar La historia del noveno capitán, incluida en Las mil y una noches, historia que parece ser el origen de las versiones europeas y tiene al lino como elemento común con el cuento de Giambattista Basile. En este caso la sensibilidad al olor del lino, lo que sumerge a la joven en ese larguísimo sueño, no es una maldición de hada sino una condición de Alá: “¡Dame una hija, aunque deba morir con el olor del lino!”, pide una mujer que no ha concebido pese a sus esfuerzos.

La espera refleja los cambios que la bella durmiente ha tenido a lo largo del tiempo, cambios que no se limitan ni a épocas pasadas, ni a la adecuación a las costumbres o a la moral de quienes escuchan, ni a intercambiar al hijo del sultán por una príncipe o un rey. Así lo señala en este ensayo: “…indagaré en tres textos contemporáneos los cuales constituyen una reelaboración del relato tradicional de la bella durmiente: La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata, The Sleeping Beauty, Erotic Trilogy de Anne Rice (escrito bajo el pseudónimo de A. N. Roquelaure), y La muerte y la doncella I-V, de Elfriede Jelinek”.

Si bien Kelly A. K. comienza su análisis preguntándose por qué resulta tan erótica una mujer sumergida en un sueño profundo, por qué impone a pesar de su aparente vulnerabilidad, quién cumple la función del héroe en esta historia; de tales cuestionamientos derivarán otros, centrados en tres elementos que forman el cuerpo de cada capítulo del libro: la mirada, la espera y la seducción.

Aquí, Kelly A. K. acude no sólo a las obras de Jelinek, Kawabata y Rice; Walter Benjamin y sus teorías en torno a la obra de arte, Roland Barthes, Georges Didi-Huberman, apoyan a la autora en el desciframiento de una mirada que es devuelta por unos ojos cerrados, por un ser que parece muerto, inmerso dentro de un tiempo en pausa. Esa misma mirada, constituye el primer acercamiento del príncipe (o del rey), estando en presencia de la bella durmiente. El hombre acaricia a la joven al mirarla, y al mismo tiempo esa mirada, sumada a cierta aura que ella posee, al hecho de que se encuentra expuesta, la convierte en un objeto de arte, en una escultura, lo que impide al príncipe tocarla, como sucede en La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata, Premio Nobel de Literatura 1968, donde el personaje, Eguchi, acude cinco veces a un sitio donde podrá dormir con muchachas narcotizadas que le revuelven los recuerdos, muchachas a las que no puede tocar, pese a la intención de violar a su joven acompañante durante su segunda visita, intención que sólo queda en eso al percatarse él de la virginidad de ella.

En cuanto a la obra de Anne Rice, a la de Elfriede Jelinek, la mirada tiene otra función: dar fe de la existencia de alguien. En The Sleeping Beauty, Erotic Trilogy, el príncipe ha escuchado durante toda su juventud la leyenda de la bella durmiente, pero necesita ver a esa joven dormida durante cien años para creer en aquella historia. En la pieza teatral de quien recibiera el Premio Nobel de Literatura en 2004, se intenta comprobar la realidad no de otro, sino la de uno mismo: miradas que no se devuelven, “monólogos entrecruzados en los que ambos, la bella durmiente y el príncipe, se cuestionan sobre su existencia”.

Las miradas dan paso a la espera, a la seducción, aspectos sobre los que la autora indaga en los dos siguientes capítulos. “La bella durmiente espera, pero, ¿qué es lo que espera?… parecería que espera ser despertada, pero, ¿a qué?, ¿al principio de la realidad?”, se pregunta para que avance su probar, su ensayo, para intentar definir en la historia de la bella durmiente esa acción pasiva que crea un tiempo alterno (“no es lo mismo decirte espero una horaque realmente esperar esa hora”) así como una expectativa (“Aquello que se busca, la consumación de la expectativa generada es lo que se espera, y no para mirarlo en la distancia. Se le quiere poseer, y como el vacío es parte del ser humano, la exigencia del goce acaba siendo una decepción”).

Ambos personajes esperan. La bella durmiente, al parecer, espera ser despertada, “’Tal vez mi existencia consista sólo en esperar a que me besen‘, dice la princesa de Jelinek”. Además, en esta reelaboración del cuento la joven es quien es, la bella durmiente, gracias a la espera: “En la espera era en la que se fabricaba como bella durmiente. En la espera es cuando ella se concebía a sí misma como bella durmiente”, dice Kelly A. K. en el segundo capítulo del libro, y agrega que el personaje de Elfriede Jelinek, “pareciera ser, espera a que su príncipe no cambie, que no lo toque el tiempo, que responda todas las preguntas que le tiene, que sea él, completo, vestido de todas las ilusiones que le adjudicó”.

Pero la bella durmiente no es la única que espera, como podría pensarse. Quien llega a despertarla no es sólo el ejecutante; él también aguarda algo. La autora lo pone de manifiesto, sobre todo, a través del príncipe de The Sleeping Beauty, Erotic Trilogy: “Ya que la ha encontrado, espera que ella lo vea como su salvador, como su gran héroe, el ombligo de su mundo; la espera, en este sentido, es la fabricación de expectativas que él tiene sobre cómo debe ser su recién encontrada relación”, escribe, también haciendo referencia al príncipe de Elfriede Jelinek, quien dice personificar al poder, y entonces ser dios, ser lo primero que se ve luego de estar “tanto tiempo escondida, en cuclillas”. Así, el príncipe espera ser el centro de la vida de quien acaba de despertar, sin tomar en cuenta que aquel ser no existe más, que la bella durmiente lo era mientras permanecía dormida. “Él espera el reconocimiento de alguien que ya no existe”.

La espera, seducción de las bellas durmientes, lectura que invita a pensar y a releer, comprensible aun cuando no estemos familiarizados con las teorías filosóficas y psicológicas que se citan a lo largo de los capítulos, refleja los cambios que una sola historia tiene a lo largo del tiempo, la adecuación que de ella se hace tomando en cuenta la situación geográfica y a quienes van a recibirla (por eso el cambio a príncipes, a reyes, al pasar de Oriente a Europa, por eso el hecho de restarle erotismo y añadir fantasía). Pero no sólo eso; al hacer referencia a las tres reescrituras contemporáneas de la historia de la bella durmiente, podemos ver cómo es posible abordar un mismo tema desde sitios lejanos unos de otros –una nueva referencia a la mirada–: lo sensorial y el pretexto para recordar, de Yasunari Kawabata, un erotismo descarnado en el que está presente la dominación y la esclavitud sexual, de Anne Rice, y las indagaciones que pueblan la pieza teatral de Elfriede Jelinek.

A. K., Kelly. La espera, seducción de las bellas durmientes. México: Editorial Textofilia, colección Lumia, 2011.