Serenatas al hastío, de Eduardo Juárez

El Maral de Lecturas
Por Hugo César Moreno Hernández.

La vida en la ciudad es la opción más humana. Es el espacio vital de los seres humanos, su espacio de desarrollo y desenvoltura, como lo veía Georg Simmel. Al mismo tiempo es su tumba, según un juego de aporías: la vida y lo que mata, lo vital y lo mortífero ensartando a los animalitos humanos por las cavidades que demuestran si alguien sigue vivo. La ciudad es escenario de fornicios y violaciones, penetraciones feroces, a veces con el seco resplandor de la saliva alojada en la comisura de los labios de la víctima: saliva y lágrimas y semen y sangre. “¿La vida imita a la pornografía o la pornografía a la vida?”, pregunta Eduardo Juárez a propósito de su habitar la ciudad, no cualquier ciudad, Ciudad de Guatemala. “Admiró la ciudad huérfana y sucia desde esa nueva perspectiva vital” dice de algún personaje, puede decirse, de algún habitante, un ser urbano, endurecido y agrisado, febril y cansado, penetrado por la ciudad en una escena de porno gore.

Juárez no le canta al hastío, al menos no a cualquier hastío, no, le canta a su ciudad, esa perra amable, risueña, maldita y asesina que aburre con su estrés apabullante. En Paciente a la espera nos dice “A esta ciudad perra es mejor tenerla como amiga y no como enemiga”, según la perspectiva de Fermín, enfermo abandonado en un hospital receptáculo de los desechos humanos producidos a montones por la ciudad. Fermín amante de la ciudad que odia, pero más por no poderla toquetear con la lascivia de antaño, por sentirla cada vez más distante, un lugar al que ya no pertenecía. Es una locura no pertenecer, es un vacío lleno de la presencia individual y cansa, por eso “a Fermín le dio tanto gusto la visita de Eddy que decidió que cuando saliera lo iba a buscar y se iba a volver Salvatrucha y ver si todavía lograba pertenecer a algo”. Esa ciudad puede mentir con seducción.

Habitar la ciudad sin pertenencia y Sin voluntad para sentir el dolor, ese dolor dulce, “El dolor que sentía era viejo y ácido”, corrosivo como los ejes viales y la sangre corriendo alocada después de un atropellamiento. Hernán es un abandonado, sino de los citadinos, el abandono nos pinta la cara con fauces desleales para poder transigir. Hernán busca ayuda, una psicóloga, Eureka, curar el malestar del alma. Pero se halla una psicóloga sin vocación pero con voluntad para orar por sus pacientes al saberse incapaz de brindar siquiera un gramo de ayuda, una vieja pisada, feminista por decisión del marido, sin vocación, sin voluntad, tan hija de la ciudad como el pobre Hernán y lo deja con esa pasión en la suela de los zapatos: “Salió de nuevo y la ciudad pulsaba comprobando que era su verdadera madre ¡esa ciudad sin voluntad!”

La Ciudad de Guatemala no es mejor a otras, pero vista por sus hijos la madre siempre asume dimensión absoluta, sobre todo en sus formas de abrazar la muerte. Así, en el cuento Indecisiones sobre la muerte “El infierno era salvar a los demás… o “aferrarse es el infierno” la muerte”. La ciudad, artefacto vital, no puede brindar salvación salvo con la muerte, pero lo hace con sevicia, como viejo sádico lastimando heridas viejas para renovar el sentido de la vida. La ciudad es mortífera, pero no está muerta, está enferma: “El centro de la ciudad estaba ardiendo en fiebre. Los semáforos colapsaban como los síntomas de un cáncer urbano terminal”, es una agonía inagotable, circo de dolores apestosos y deliciosos, porque la ciudad es mujer.

Mujer bella, horrible, asquerosa y seductora, una puta purulenta excitante gracias a sus heridas y enfermedades. Podría decirle a Eduardo Juárez que, muy al contrario de su personaje, que reflexiona, “es difícil creer que una mujer se convirtiera en ciudad. En esta ciudad, precisamente. La ciudad donde vivo”, para mí la ciudad siempre es la mujer que amé, es las calles por donde caminamos, las aceras aplastadas por nuestro peso etéreo, las fachadas sonriendo desdentadas. “Estas calles son las manos ocupadas de mi amada”. Siempre habrá “un pene de vidrio irrumpiendo sobre hímenes piramidales”.

La ciudad es criadero de monstruos, de niños cansados de vivir y ancianos hastiados pero necios canonizando lento sus pasos, abotagando las arterias con sus años. Criado entre bestias da cuenta de esto desde la perspectiva detrás de la puerta para abrirse a la ciudad. No existe un espacio bucólico capaz de brindar solaz. La malevolencia de la ciudad está en sus hijos y ella, ella es sólo la mujer más amada, a quien se le cantan estas Serenatas al hastío.

Juárez, Eduardo. Serenatas al hastío. Ciudad de Guatemala: Letra Negra, 2007.