Cuatro páginas en blanco, de Lucho Zúñiga

Por Hugo César Moreno Hernández

Las Cuatro páginas en blanco, de Federico Alzubide es un plagio de Lucho Zúñiga para inventar sobre los gruesos renglones de lo más importante de la literatura: la literatura. Con el personaje a quien usurpa, Zúñiga escribe con desgarbo, con amplitud, sin asco por entrometerse en el principio de un texto clásico, sin vergüenza por hacer trastabillar el genio de algún inefable autor. Lucho Zúñiga logra impunidad, comete el ardid y se monta sobre la burla para describir con acierto los despropósitos de la crítica adormecida por la exigencia de lo nuevo.

Lucho Zúñina, oculto entre ontologías y ficciones de voces primigenias y personajes insufribles pero agradables logra explosiones con la brevedad sin, realmente, haber revisado la obra de Alzubide, enorme narrador desconocido, pero más grande que Borges o Macedonio Fernández, incluso superior (por mucho) al plagiario Lucho Zúñiga, el muy sinvergüenza “No lo ha leído, no lo quiere leer, porque se ha imaginado a sí mismo escribiendo ese cuento, y haciendo que crezca como una novela” dinamitada de secciones y cuentitos (o relatos breves o minificciones o microficciones o textículos o etcétera). Sin embargo, en su crimen está delimitada la línea de investigación. Con cada aparición de nombres gloriosos, Lucho se desnuda hasta declarar que “en el bolsillo de la camisa había una libreta, la cual contenía una especie de relatos breves”.

Como un ladrón transcribió para superarse a sí mismo en una carrera contra el espejo, arruga a arruga, palmo a palmo se ha sentido sabio a niveles soberbios: “No soy un vagabundo, soy un escritor de relatos breves. Y sé mucho más de la vida de lo que tú te imaginas” se le oye gritar en parques y establecimientos públicos, arengando a las masas, destruyendo teologías con su Argumento Kafkianum, que si dios es un insecto con cara de mono con capacidades evolutivas y magia para acelerar el tiempo, perder la cola y construir relatos breves donde un chimpancé sueña ser Dios y despierta azuzado por el silencio desbordado desde El despertador único de la Tiranía o busca en la base de datos cuantas coincidencias tienen con los habitantes del orbe al momento de copiar de su libretita usurpada un relato breve, cuántas personas están, en este momento, siendo lo que son sin ser al escribir sobre La mujer de Villahermosa. Entonces discurre para crear una bella historia de amores truncados por la relación entre tiempo y espacio, pero descubiertos por la sincronía. Encuentros fatales como en Obsesión por las señales, algo así como cuando te toca te toca, ya sea ser punto final o suspensión al infinito.

Con su delito, el autor produce historias y desajustes en la buenas formas del ser humano, en la normalidad de la condición emocional, El hombre que lloraba con las películas de Charles Chaplin es un adefesio de esos que le salen con valentía a la libreta mágica de Alzubide y que gracias al usufructo de Lucho Zúñiga llega al desenlace con la quijada en el suelo de la bañera en la escena clásica de psicosis (o una escena de psicosis clásica) para mover y desestabilizar las geografías dejando en blanco silabas y poniendo a Pensilvania en la Europa Oriental nomás para que el bueno de lucho pueda dispones de las páginas en blanco y decir, otra vez con vergonzante impunidad, Mi tío Drácula. Eso sí, ha sabido descubrir otra fuente para la creación literaria en su relato Los microcuentos de Caín y Abel, no sólo la soledad y el poder son motores creativos. Quizá esa tercera fuente sea más potente, pero es tan impresionante, tan enternecedora y, a la vez, tan brutal que sería mejor leerlo directamente de estas Cuatro páginas en blanco para que sientan la sorpresa en el sentido más físico de la palabra (yo quedé con la boca abierta después del descubrimiento).

Este impune ladrón de Lucho Zúñiga jamás dirá la verdad sin cortapisas. Le da la vuelta a las acusaciones con frases perfectas como: “El hecho es que soy un vicioso de la imaginación”. Perfectas porque afirma su inocencia recurriendo a formas delictivas más atroces como enviciarse con aquello perteneciente a los mass media (les digo, es un usurpador, debe tener amapolas de desamor, matitas de incertidumbre y ampolletas de metáforas en alguna casa de seguridad).

Lucho se atreve a decir: “Imagino a un anciano que escucha Metallica por motivos literarios” para dar la vuelta cuando se le insiste en que muestre su genio frente a los agentes protectores de los derechos perrunos y de autor. Declara: “No podría escribir a la misma velocidad de las cosas que aparecen en mi cabeza”, pero sí puede plagiar los relatos breves del caudal de Federico Alzubide. Según esto, son mil bullentes microcuentos. Me parece que este Lucho Zúñiga tiene aún mucha miel para dejar escurrir.

(SdL), Suplemento de Libros

Zúñiga, Lucho. Cuatro páginas en blanco. Perú: Paracaídas Editores, 2011.