La imposibilidad de saber qué libro para niños comprar

Por Miguel Ángel Hernández Acosta

Gusto de comprarle libros a mi hijo de dos años. Recurro a librerías con secciones infantiles y me paso horas examinando portadas, ilustraciones, temas. Cuando empecé a adquirir esta manía compraba ejemplares de las caricaturas que a mi hijo le gustaban, pero pronto me di cuenta que eso no era garantía de que él fuera a hojear los libros ni a prestarles atención cuando se los leía (tal vez, porque siempre es mejor la caricatura con su animación, que la lectura de un texto que avanza lento, al pasar las páginas).
Con el tiempo he comprendido que un libro que a mí me gusta no necesariamente le gustará a él. A veces es importante que tenga buenas ilustraciones, otras que el texto le llame la atención, pero más que nada, que él descubra cosas que no necesariamente veo yo.
Me explico: hace meses compré La suerte de Ozu, de Claudia Rueda, un texto donde se narra la historia de Ozu, un niño quien, durante tiempo de guerra, vivía con su padre en una granja. Un día, su caballo desaparece y Ozu piensa que es lo peor que pudo haberles pasado, pero al comentárselo al padre éste le contesta que cómo puede saberlo. Cuando al día siguiente regresa el caballo con una manada acompañándolo, Ozu cree que es lo mejor que pudo haberles sucedido, pero el padre nuevamente lo cuestiona. La anécdota, que repite la sentencia de que nunca se sabe cuándo las cosas que nos pasan son buenas o malas, termina repitiendo la enseñanza: “Ozu, aliviado, le dijo a su padre: —¡Qué suerte he tenido! Pero su padre, muy sabio, le contestó una vez más: —¿Estás seguro? ¿Cómo lo puedes saber?”.
El texto, que a renglón seguido no excede una página, es fluido, abunda en enunciados cortos y está acompañado por ilustraciones sencillas y atractivas (por el colorido, por algunos rasgos de los personajes que aprecen magnificados).

La primera vez que se lo leí a mi hijo puso atención a la historia, pero tras las primeras páginas comenzó a señalar los dibujos: un perro pequeño que aparecía al fondo de la ilustración, una gallina que corre en medio de un corral, un puerco que se ve asustado. Entonces, con estos elementos que no son mencionados en el texto, la lectura adquirió otro significado, pues además de leer el texto original del libro, al enunciar las onomatopeyas correspondientes a esos animales, el niño fue creando un mapa mental del libro y tras varias lecturas ya sabía qué personaje aparecería enseguida. Es decir, sabía que tras unas gallinas cocleando vendría un puerco chillando, e iba formando una historia paralela a la narrada por Claudia Rueda. Por esto mismo, el libro ha resistido medio año de constantes lecturas sin que aburra al niño.
Otro ejemplo, sería El increíble niño comelibros, de Oliver Jeffers. Este texto que narra la vida de Enrique, un niño que un día por curiosidad se comió un libro y después se convirtió en el más sabio del mundo al devorar todos los conocimientos de esos ejemplares, no sólo presenta una historia paralela en las ilustraciones que contiene (que abundan o clarifican lo que el texto dice), sino que provoca curiosidad el tener en la última página una mordida real. Recuerdo que al leérselo a mi hijo comenzó a reirse nervioso cuando llegué a este punto. Miró el libro y buscó alguna frase más, pero al no hallarla se llevó el ejemplar a la boca y comprobó que aquello fuera resultado de la mordida. Tras leerlo varias veces (saltando páginas, modificando los enunciados para que avance al ritmo que el niño pide), siempre le urge llegar al final para ver la tapa del libro con la mordida. Y aunque en ocasiones sólo aguanta el paso de dos hojas y no resiste voltear e ir directo a la mordida, otras veces escucha paciente la historia de Enrique, quien terminó comiendo brócoli y leyendo libros.
A lo que quiero llegar es que comprar y leer libros para niños es más difícil que escoger un buen juguete. Muchas campañas dicen que se inculque el hábito de la lectura en un niño, pero no dicen ni qué libros recomiendan ni la forma adecuada de acercalos a los infantes (leyéndolos uno mismo, dejando que sólo vean las ilustraciones y poco a poco se familiaricen con la historia… ¿Cómo?). En ocasiones un libro de Dora la exploradora resulta más entretenido para un niño que La peor señora del mundo, de Francisco Hinojosa; pero también hay textos como Es un libro, de Lane Smith, que con una lectura divertida por parte del padre pueden hacer que un niño ría y vuelva a reír al hallar un ratón escondido bajo un sombrero.
La lectura, como tantos hábitos que son bien vistos por la sociedad, debe perder su hálito de bienestar social para adquirir su verdadera función: divertir. Es decir, la lectura de libros “infantiles” o para niños no debe estar peleada con otras cosas que los divierten: ver la tele, jugar con una pelota, correr tras una paloma, sino que puede ser una compañía mientras se viaja en el transporte público o en algún momento de la tarde o antes de dormir.
También es cierto que al leer los libros podemos no restringirnos al texto original y agregar detalles que las ilustraciones presentan, o incluir ruidos que podrían emitir los personajes, o variar el tono de voz según quién hable en el libro. Es decir, quizá la única herramienta que pueda funcionar es leer el libro como a nosotros nos gustaría oírlo: con inflexiones de voz, con una explicación extra, poniendo énfasis en las situaciones que provocan una reacción en los niños. No debemos ser expertos cuentacuentos o narradores orales para lograrlo, sino, tal vez, sólo dejar la estructura fija que nos inculcaron que implica la lectura de un libro: leer en él únicamente lo que aparece impreso. Para lo demás, los niños, los hijos, nos irán guiando con sus reacciones frente al texto.