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Caminos y fisuras: la actualidad de la literatura infantil en México


Por Luis Téllez Tejeda*

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“Abriendo puertas”, ilustración de Hache Olguín

Trazar un panorama de la literatura infantil en México, en este momento, puede resultar en una estampa optimista. La comparación de cifras de libros publicados en los años recientes con respecto a las décadas anteriores; el surgimiento de varias casas editoriales dedicadas exclusivamente al mercado infantil; la feliz noticia de que los niños (y los jóvenes) son el grupo poblacional que más lee en el país; la profesionalización de quienes trabajan en la promoción del libro y la lectura; el creciente número de escritores que dedican su obra a los niños; la consolidación del gremio de ilustradores y la diversificación en los contenidos, formatos y propuestas literarios, revelan si no un auge de la literatura infantil mexicana, sí un interés en el público infantil y en el mercado que representa.
Pese a cierta mercantilización y a la estandarización que conlleva, la literatura infantil mexicana explora, aún, muchos caminos y tiene otros tantos por descubrir.

La vasta tradición oral, de la que la cultura mexicana es heredera, sigue vertiéndose en recopilaciones que, a través de divertidas ediciones, renuevan los juegos de palabras, las adivinanzas, trabalenguas, rimas y coplas. Gracias a instituciones como el Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE), este tipo de textos se han publicado en libros que promueven la vigencia del juego de la oralidad. Margarita Robleda, Gilda y Valentín Rincón son algunas de las personas que se han dedicado a coleccionar la poesía popular y proponer su lectura en ediciones atractivas y contemporáneas. Algunos otros autores, como el proverbial Fernando del Paso, han optado por inventar sus propias adivinanzas, pregones y dichos, dándole continuidad a la tradición.

Tampoco son raros los cuentos basados en mitos y leyendas indígenas. Varios autores abrevan en la extensa mitología aborigen para reconstruir, reinventar o simplemente contar de nuevo los relatos cosmogónicos de las culturas originarias de México. Cabe destacar, en este renglón, el trabajo de Silvia Molina, Felipe Garrido y Gabriela Olmos, quienes han logrado sintetizar los profundos significados de aquellos mitos y presentarlos a los lectores con un lenguaje actual, en ocasiones con toques de humor.
Quizá sea la narrativa el género más cultivado entre los autores mexicanos que escriben para niños y jóvenes. A partir del surgimiento de premios, auspiciados tanto por el gobierno como por editoriales privadas, escritores de cuento y novela se han avocado durante las últimas dos décadas a transitar las más diversas rutas para la construcción de textos.

Así, se encuentran temas, estructuras, personajes, escenarios, lenguajes y tramas para dar gusto a casi todos los lectores. Desde aquellas historias que transcurren en la cotidianidad de las ciudades o el campo, hasta las más disparatadas aventuras de ciencia ficción, pasando por hiperbólicas tramas de humor y algunas narraciones en las que la fantasía se hace presente, aunque esta última vertiente no es precisamente el fuerte de la narrativa infantil mexicana.

La vida cotidiana con sus distintas facetas es abordada por la mayoría de los autores que hacen narrativa para niños y jóvenes, a veces como mero reflejo de la realidad, otras veces cuestionándola, desde la mirada infantil o adolescente, ocasionalmente transgrediéndola y, muy pocas veces tocando problemas sociales que no sean las domésticas dolencias de la clase media (divorcio, enfermedades terminales, trastornos alimenticios, etcétera). La realidad social que sacude a México, extrañamente, no se ve reflejada en su narrativa para niños. Salvo excepciones que no siempre salen bien libradas en el aspecto literario, los cuentos y novelas voltean hacia otros paisajes: la familia, la escuela, el grupo de amigos, la propia imaginación…

Un tópico que aparece con frecuencia en la narrativa y que caracteriza, de cierta forma, la identidad mexicana, es el desafío y la burla a la autoridad. La mayor de las veces representada por la madre, el padre o los maestros, la autoridad es vencida por el ingenio de los niños. Sobra decir que la mayoría de las obras en las que esto sucede, el humor, en forma de ironía y sarcasmo, se encuentran presentes, aunque de pronto en algunos textos, se logra encontrar ciertas fórmulas que se repiten, ante el éxito de los primeros títulos de este tipo.

Y seguirá rodando (SdL)

El listado de narradores es largo, la mayoría ha explorado diversos derroteros con altibajos y escriben sin especializarse en un grupo de edad específico, por fortuna. Entre los que han explotado el humor de forma mordaz e inteligente se encuentran, Juan Villoro, Francisco Hinojosa (considerado el iniciador de la literatura infantil contemporánea en México), Vivian Mansour, Javier Malpica, Óscar Martínez, Jaime Sandoval y Juan Carlos Quezadas. Caben aquí dos de los precursores de esta vena literaria, fallecidos ya, pero sin duda influyentes herederos (y hereditarios) de la tradición humorística mexicana, el dramaturgo Emilio Carballido y el novelista y ensayista Jorge Ibargüengoitia, ambos autores para adultos que supieron dar un importante impulso a la literatura infantil.

Amarina y el viejo pesadilla (SdL)

De entre quienes a partir de la vida cotidiana hilan historias y convocan reflexiones, también con la presencia del humor, aunque menos desbordado, es de subrayar la obra de Norma Muñoz Ledo, Mónica Brozon, Antonio Malpica, Carmen Leñero, Monique Zepeda, Elva Macías, María Baranda, la periodista Cristina Pacheco y la misma Elena Poniatowska.

Verónica Murguía (SdL)

Tres de los autores que se han inclinado por alguna de las ramas de la fantasía son Gilberto Rendón, Alicia Molina y Verónica Murguía. La ciencia ficción ha sido sondeada con buenos resultados por Carballido, Brozon, Hinojosa y recientemente por Bernardo Fernández.

La lista podría incrementarse numéricamente, pero basten los mejores ejemplos para mostrar la diversidad de autores de narrativa. A esta lista escapan aquellos que, obnubilados por la avalancha de publicaciones se han dedicado a copiar recetas y engrosar las novedades con textos previsibles y prefabricados que, hay que decirlo, abundan y tienen una veta importante de comercialización en las ventas de prescripción escolar.

El libro salvaje, (SdL)

En la lírica se cumple el dicho popular que reza “en México hay un poeta debajo de cada piedra”. Para niños y jóvenes también hay una riqueza literaria en el ámbito de la poesía: formas, temas, métricas, imágenes, de casi todo, para casi todos.
Juegos de palabras para los que están aprendiendo a hablar, divertimentos para los que descubren el placer lúdico de la palabra, poemas narrativos, contemplativos, canciones y rimas para lectores de cualquier edad y otra vez, el humor.

La poesía infantil tuvo un gran impulso en la década de 1980, cuando editorial CIDCLI, pidió a importantes poetas mexicanos (Coral Bracho, Octavio Paz, Jaime Sabines, Elsa Cross, Fernando del Paso, etcétera) desarrollar libros para niños, lo cual dejó un precedente importante y un estándar muy alto para los autores que posteriormente han escrito para niños.

De entre los muchos autores que han traspasado la barrera de un sólo libro publicado y cuya calidad literaria se refleja en versos inteligentes, que apelan al buen gusto y conocimiento de la lengua de quien los lee, se encuentran María Baranda, Antonio Granados, Carmen Villoro, Alma Velasco, Javier España, Alberto Blanco, Alberto Forcada y Jorge Luján. Algunos de ellos han tenido que buscar exhaustivamente editoriales interesadas en la difusión de la poesía, puesto que, de sobra se sabe, publicarla no es el mejor negocio.

Otra forma de acercar a niños y jóvenes a la poesía, son los libros pensados editorialmente para ellos y que contienen selecciones de obra de autores consagrados, tanto mexicanos como hispanoamericanos, y más aún, universales. Así, se encuentran títulos para este público de grandes poetas mexicanos como Ramón López Velarde, Efraín Huerta, Salvador Novo, Carlos Pellicer y José Emilio Pacheco. La mayoría de estos libros se han ilustrado profusamente y su diseño es sumamente atractivo.

Primavera (SdL)

Desafortunadamente, el género dramático no goza la misma salud que la poesía y la narrativa, si bien autores como Carmen Boullosa, Bertha y Hugo Hiriart han escrito obras de excelente factura, aún no se ha explotado el potencial del teatro para niños (y jóvenes).

Otro género que tampoco logra desarrollarse del todo ante la apabullante oferta extranjera, es el libro álbum. A pesar de contar con una gran cantidad de ilustradores sumamente profesionales, y de antecedentes interesantes como la obra de Carlos Pellicer López, la elaboración de álbumes ilustrados sigue agazapada en la timidez.

Algunos ilustradores han comenzado a hacer experimentos dignos de mencionarse con los que poco a poco se desarrolla el libro álbum mexicano: Juan Gedovius, Manuel Marín, Alejandro Magallanes, Aitiana Carrasco y Manuel Monroy. Por otra parte, editoriales como Petra, Serpentina y Tecolote, también han contribuido a la innovación en cuanto a libros ilustrados.

Si se mira de lejos, la literatura infantil mexicana se encuentra en auge, de cerca se advierten algunas fisuras que es importante atender:

Aún es necesario darle su lugar en el contexto internacional, pero también hacia el interior del país: es casi nula la crítica literaria especializada en este sector -muestra de ello que en el Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) de Christopher Domínguez Michael, publicado en 2007 por el Fondo de Cultura Económica, sólo hay una mención, meramente circunstancial, a la literatura infantil-.

La cantidad de obras que se publican responde, en gran medida, a la demanda que generó el Estado con el Programa Nacional de Lectura

Muchas veces los criterios comerciales prevalecen sobre la calidad.

Sin embargo, si se puede hacer una lista de autores como la que aquí se ha hecho y revisar los caminos que se han recorrido, los que se transitan y los que todavía falta por conocer, hay un espacio para mirar con detenimiento a la literatura infantil de un país, en el que hace treinta años sólo se publicaban dos libros para niños, al año.

*Luis Tellez-Tejeda (Naucalpan, 1983). Es poeta, cronista y promotor cultural. Fue editor del boletín sobre literatura infantil-juvenil y promoción de lectura Puntos y línea y coordinador del área de publicaciones IBBY México. Imparte talleres de creación literaria para niños de poblaciones vulnerables dentro del programa Alas y Raíces del Conaculta.