Eros díler, de Nazul Aramayo


Por Hugo César Moreno Hernández

 

Torreón suena cascado, seco, a cumbión, norteñas y Kiss. No hablo de una sequedad desértica sino un desierto del cuerpo-ciudad, acalambrado por los gusanitos que la desmadran con sus patas. Por eso los personajes de Nazul Aramayo buscan humedades. Para el cogote, para los oídos, soda para las narices, mota para resecar y exigir bielas heladas, piedras para avanzar entre tanto hijo de su rebombaputamadre.

El pinche Cleti es poeta y tiene vieja y hasta festeja el tercer campeonato del Santos Laguna. El pinche Cleti tiene suerte, tanta, que hasta una bequita, acá, dos trenzas, se sacó. Esa madre tiene sabor a lotería. La neta, al pinche Cleti no le gusta chambear, pos si es poeta. Le late coger, chupar, esnifar y tirarse a la güeva para guarecer los restos líquidos de su ser de veintitantos del puto sol torreonense. La vida en Eros díler parece marchar.

Nazul escupe una descripción tornasolada de su ciudad. Los matices deforman las calles en cementerios y los sepulcros se abren para inaugurar sala de tortura humana, los zombis se desmoronan sobre las banquetas fumando dulces piedras y toques para alivianar la condición. Un díler de amor recocido en la pipa para la piedra, dosificando sonrisas, reventando los últimos gramos de supervivencia, es la ausencia del predicador. Las balas estallan y los polis son maloras más ojetes que un dolor de desamor –o la neta no, eso siempre, siempre, es de la verga, siempre es peor, ni un ojete aliviana– y las nenas son prietas con cabellos decolorados y con tiernos culos de quince años o un poco más, dieciséis, no importa pasen de los veinte, las nenas descargan aromas frescos, aún resecos por el sol, humores a sudor y mariguana y tabaco, fragancia humana a panocha hirviendo, humedal. Una cura de sed.

Este Torreón está a la alza, se cotiza cabrón, el Santos a la cima y la laguna a las nubes, y “no era lo único que había subido. El precio, la vejez, los impuestos, la comida, la medicina, la cocaína, el colesterol, el transporte, las muertes, la marihuana, las inundaciones de aguas negras, mierda flotaba en la superficie”, la ciudad flota y el Cleti se desliga, capítulo a capítulo, de una Yoselyn cabrona. Todo parriba y adelante, bien industrioso el escenario, bien chingón para que Espanto Jr. y Don Cápsulo sean camaradas del acabose, pus que, un piquito nomás, andan juidos, “una pipa pal piedrón”.

Los zombis también son transformers. Dulcineas con pito, pitos con viejas detrás, siguiendo el jalón, empujadas por tremendos culos hipertrofiados a ganas de silicón, “su culo duro de espuma me despertó. Le di otro toque al churro”. No, pus sí, el pinche Cleti es un cabrón con hartísima suerte, sabe revolcarse en las arenas negras del progreso sobre el desierto, en las ruinas del nuevo pueblo elegido, tribus canábicas. Pero de todos modos se le va la morra, chale. Entonces también hay fantasmas en Torreón, no sólo muertos y sicarios, fantasmas de esos gachos que se meten e inmovilizan desde los testículos y la verga entristecida se hace la valiente y se inventa estrategias de batalla para hallar trinchera: “En mi mente Yoselyn era una ráfaga mortal. Miraba morras y se me ocurrían versos ingeniosos, pero Yoselyn me apañaba. Volví a respirar sin problemas. Otra vez mi nariz fresca y cachonda. Con la mierda de soda que vendían aquí y soltero, ¿por qué no me iba de una vezTenía dinero y nariz, ganas de coger y una beca para escribir poemas cachondos”. Tristes versos calientes no revientan calzones. Poemas vertidos verdosos en el cauce seco y, a veces, asesino del río Nazas. Pinche Torreón, se expande en ondas tristísimas calmadas por enervantes salvadores, un churrito para alegrar el corazón, abrir la nariz para abrir la mente y solucionar el estropicio sin remedio, industria de poetas.

Eros díler tiene sabor, no necesita soundtrack de puro cumbión. Si los oídos no reconocen la cumbia lagunera, no sufre desperdicio, de sonidos para la síntesis tenemos el resto, hartos. Si no suena la cumbia, bien puede el reguetón, el rocanrol, la geografía no ata, fortifica la visita. Si no hay desierto, seguro hay concreto y el asco y la vergüenza y el habito. El mapa delimitado por Nazul Aramayo, con su jerga y sus calles, con sus referencias y sus morras, sus lenguas, encadena la historia. Al hacerlo, al maltratarla con situacionismo regional, la libera y la manda a nivel universal gracias a su fuerza urbana, dura, herrumbrosa, reconocible en barrios y villas, en colonias y cantones, en poblaciones y favelas, en cinturones periféricos, en centros apestosos a mierda y miados. Eros díler sabe a ciudad porque sabe a Torreón, porque no se queda en la Laguna, porque abre las piernas y deja ver sexo chancroso, sabroso, cachondo de los bajos fondos donde habitamos. Nazul Aramayo sobrevive a la soledad y el hastío. Nosotros también.

Aramayo, Nazul. Eros díler. México: Jus, 2012.