Bogotá 39. Antología de cuento latinoamericano, de Guido Tamayo (editor)


Por Miguel Ángel Hernández Acosta

En 2007 el Hay Festival, junto con la secretaría de Cultura de Bogotá, reunieron a 39 escritores latinoamericanos (menores de 40 años) con el fin, primero, de que se les conociera más allá de sus países de origen y, segundo, mostrar a autores que comenzaban a destacar debido a sus obras. De esta forma, Piedad Bonett, Héctor Abad Faciolince y Óscar Collazos, escogieron, con ayuda de editores, críticos y lectores latinos, a estos escritores y posteriormente Ediciones B, con ayuda de Guido Tamayo como editor, publicaron textos narrativos de los seleccionados, bautizando a la compilación como Bogotá 39. Antología de cuento latinoamericano.

¿Qué reúne o muestra esta selección? El propio editor considera a estos escritores como “inagrupables” y sentencia: “De Macondo y de McOndo nada queda. Nadie visita el lugar común del “realismo mágico” y Macondo aparece en ausencia, como anacrónico e invisible. Del otro McOndo, contestatario y patricida, no se halla la menor referencia. A todos desinteresa ya ese gesto adolescente”.
Hay, sin embargo, un problema de estructura: si el título del libro alude a “cuento latinoamericano”, tal vez hubiera sido necesario especificar que algunos de los textos (el de Junot Díaz, por ejemplo) pertenecen a novelas y si bien pueden leerse como unidades autónomas, resultan cortos al momento de analizarlos como cuentos.

Como se dijo: la mayoría de estos autores son desconocidos allende sus fronteras; acaso sabemos de aquellos que han publicado en editoriales españolas (en concreto Anagrama y Alfaguara), por ejemplo: Alejandro Zambra, el propio Díaz, Iván Thays, Juan Gabriel Vázquez, Santiago Roncagliolo, Eduardo Halfon y Andrés Neuman.

De la basta cantidad de narradores mexicanos se incluyó a Álvaro Enrigue, a Fabrizio Mejía Madrid, a Guadalupe Nettel y a Jorge Volpi. A cinco años de publicada esta antología, ¿serán estos los autores que representan la “joven” narrativa mexicana? ¿Son ellos quienes representan a esta generación?

Ahora bien, 10 son los cuentos que destacan sobre el resto, si bien la generalidad muestra la calidad de una obra que no está en construcción, sino que ya está madura. El primero de ellos es “Ausencia”, del peruano Daniel Alarcón (Lima, 1977), escrito en inglés y traducido por Jorge Cornejo. La narración da cuenta de Wari, un artista que tras poder montar una exposición en Nueva York comienza a pensar en nunca volver a su país de origen. Estando lejos es el exitoso, el hombre a quien envidian, el hijo a quien se puede presumir; sin embargo, el que deambula por los Estados Unidos con poco dinero, no es sino un emigrante quien fantasea con la mujer del hombre a quien le debe estar exponiendo, a quien siente que defraudó pues el día de la inauguración hubo poco público, poca difusión del evento, poco interés por su obra. Es, pues, un cuento que desde el presente permite sentir nostalgia por lo no se será: el hombre que volverá triunfante a la patria de origen.

“Boca de tormenta”, de Claudia Amengual (Montevideo, 1969), es la desgarradora historia de un periodista de nota roja que debe cubrir la desaparición de un niño que vive en un tiradero justo la noche en que su hijo (quien vive con la madre desde el divorcio) no aparece tras realizar un viaje fuera de la ciudad. Este cuento que juega con las emociones de un hombre quien odia a su ex esposa y ama a su hijo, pero quien nunca se ha responsabilizado de él, es una tensa narración donde la suplantación de personajes (el hijo por el niño del tiradero) convierte el final en una descarga de emociones bien dirigidas, es decir que no busca un desenlace efectista, sino que lleva al personaje a una evolución de carácter digna de una excelente novela.

“Bobby”, de Antonio García (Bogotá, 1972), cuenta el recuerdo de un niño que acude al entierro de su primo y narra cómo se siente responsable de esta muerte por haber desobedecido una orden materna. Ágil y breve, este relato consigue retratar a una familia completa a través de breves trazos de cada uno de sus miembros: “En noviembre nació Robert Hinton Ángel. Desde antes que naciera, el tío Robert ya le decía Bobby. Papá decía, riéndose, que podía volverse cantante de salsa y firmar como Bobby Ángel”.

Por su parte, Claudia Hernández (San Salvador, 1975) en “Hechos de un buen ciudadano (parte I)” narra con humor negro la aparición de un cadáver en su casa. Intrigado por no saber qué hacer con el cuerpo de esta joven, el narrador decide poner un anuncio en el periódico: “Busco dueño de cadáver de muchacha joven de carnes rollizas, rodillas saltonas y cara de llamarse Lívida. Fue abandonada en mi cocina, muy cerca de la refrigeradora, herida y casi vacía de sangre. Información al 271-0122”. Las reacciones de este aviso oportuno convertirán la broma en una profunda reflexión del duelo por un familiar.

Tal vez el cuento más arriesgado de la antología (sobre todo estructuralmente) es “Un día magnífico para atracar bancos”, del cubano Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970), en el que el narrador se desdobla para describirse como uno de los personajes, pero al mismo tiempo, con una intuición policiaca, describe el comportamiento de dos ladrones que fracasan en un asalto por celos, por amor, por un policía camuflado de cliente de la sucursal bancaria: “El narrador de esta historia es omnisciente, pero también goza de la súbita posibilidad de ser uno de los personajes. El narrador de esta historia, aunque no lo parezca, es ese policía encubierto que viste vaqueros, camisa a cuadros y padece su irreprimible sueño de pistolas”.

De los mexicanos, Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), con “Bonsái”, es la autora con el mejor relato. Esta historia de un hombre que se obsesiona con las plantas y con traslaparlas a la personalidad de quienes le rodean, no sólo demuestra lo que es la soledad dentro del matrimonio, sino que también relata cómo los detalles cotidianos son los que dan profundidad a la vida.

“Diagonal”, de Ricardo Silva (Bogotá, 1975), es un ejercicio probabilístico de una historia de amor: la de Martín y Ana María quienes están a punto de enamorarse “sin que nadie alcance a advertírselos”; es un círculo que termina donde inicia, en el último día del año cuando han de conocerse estos dos personajes en una fiesta: “(Martín) Se bajará en la siguiente estación. Pero, con esas miradas perdidas en la espalda, será el trayecto más largo de su vida. Así será. Está escrito en donde están escritas las cosas. Ya nada será diferente. Pero ellos dos, Martín y Ana María, aún no podrían imaginarlo. Ellos sólo quieren, ahora, que este año se termine”.

La cubana Karla Suárez (La Habana, 1969) consigue en “La estrategia” narrar de forma genial y bromista la anécdota del cazador cazado, que en este caso tendrá de fondo a una escritora, una pintora y un psicólogo, una casa donde los tres viven, y el sexo culposo tras algunas borracheras.

“Lindbergh”, de Iván Thays (Lima, 1976), es el desesperado escape mental de un padre a quien le secuestraron al hijo y quien comienza a compararse con Lindbergh, quien sufrió el mismo problema. Además, es la única opción que este padre halla para no desfondarse ante la pérdida que parece irremediable.

Por último, “El doble” de Juan Gabriel Vázquez (Bogotá, 1973), cuenta la culpa que carga un hombre al enterarse que el padre de un amigo de juventud muerto lo responsabiliza de su pérdida.

Bogotá 39. Antología de cuento latinoamericano carga el enorme peso de pretender mostrar a 39 escritores que se supondría la vanguardia de literatura del continente. Quizá no lo sean, el tiempo dirá. Pero eso sí, siendo o no lo mejor de su país o región, le ofrece al lector a una gran cantidad de autores que merecen leerse.

Tamayo, Guido (editor), Bogotá 39. Antología de cuento latinoamericano, Ediciones B, 2007.