El síndrome de Esquilo, de Vicente Alfonso

Por José Luis Enciso.

En los cuentos de El síndrome de Esquilo, de Vicente Alfonso, la suerte y la tragedia son elementos dignos de resaltarse: si en Sirena del Báltico el protagonista prefiere cobrarle al arte el desdén de una mujer inasible —tanto como un trazo de Rembrandt—, en el relato que da título a la colección el azar se convierte en mandato sólo para convencer a los escépticos de algo que el personaje central sabe mejor que nadie: él es la reencarnación del dramaturgo griego aquél y morirá de forma similar.

Las tragedias-cuento de Vicente Alfonso viven en un ambiente que lo mismo se reproduce en Torreón que en Cuba, en Sudamérica o en la sierra de Durango; las habitan la muerte, el azar, el café, las mujeres y muchas idas sin vuelta; las hay colectivas y personales.
En Cadáver a tres voces, por ejemplo, la música, la poesía y el estudio anatómico juntan a un trío de jóvenes que termina atentando en contra del juramento hipocrático en un ambiente de humor negro, en tanto que los dramas cotidianos, acaso donde el autor no cumple con cuotas humorísticas, se viven imperceptibles frente al espejo o junto a una taza en alguna cafetería: en Distancias de la vocación el protagonista mira su reflejo y se pregunta para qué puede servir alguien como él. Otra historia de este corte, destacable, es Alquimia sin luz, narración en la que el recuerdo de una mesera se convierte en café: “mejor bebérselo antes de que se enfríe”.

Mención especial merece Aquí nadie se enferma, relato de la serranía, de vida rural con aserradero clandestino, narcotráfico y un fuereño, elementos que le permiten al autor lucir sus dotes de narrador de historias negras.

Pero un afán lúdico lleva al autor a incluir en esta colección de 17 relatos —aunque el índice señale que sólo son 15— un lujo peculiar. El cuento Túpele Patán resulta ser un juego, un retozo de palabras: “Túpele Patán. Métele pata al timbal. Saca pa la papa. Toca tus latas, tumbas, tambos…”, así se inicia la historia y en ese talante llega a su final, en la siguiente página. No halla réplica y el resto del contenido no tiene mayor fijación con el lenguaje que el de la corrección y la claridad para narrar, no hay estructuras complicadas y se respeta la linealidad temporal. Es el único afán en su tipo y se nota —quizás un relato en forma de noticia sea otra variación discursiva, pero termina apegándose a un “lenguaje convencional” si se me permite tal monstruosidad entrecomillada—. Una golondrina, dice la conocida frase, no hace verano: el libro conserva su pudor por contar bien las historias, más allá de otros atrevimientos, y no nos deja conocer más de esta faceta del escritor. El entusiasmo de los lectores asiduos a estos retruécanos acabará en pocas páginas.

Si acaso la pulcritud es defecto, el libro de Vicente Alfonso adolece de ella. A quienes incomode la asepsia, como a mí me sucede a veces, sentirán que leen un libro demasiado largo. Por otro lado, los buscadores de “unidad” tampoco encontrarán un norte muy llano a su lectura; sin embargo, podrán conformarse con la certeza de que este “síndrome” propuesto en el título y achacado a Esquilo, el hombre que quiso huir de su destino y que únicamente consiguió encarnar una tragedia absurda —un oráculo le había predicho que moriría aplastado por una casa y, en efecto, se dice que falleció por el golpe de una caparazón, finalmente una especie de hogar—, es preciso al agrupar cuentos en los que se explora la naturaleza de un mal muy contagioso.

Vicente Alfonso, El síndrome de Esquilo. México: Ficticia, 2007.