Adiós Princesa, de Rogelio Flores

Por Hugo César Moreno Hernández

Las ciudades producen una subjetividad ensimismada, anclada en los recovecos laberinticos de cada urbanita, esquizofrénicos intercambiando amor y odio con cada banqueta, auto, puente, embotellamiento y demás fuentes de tortura amorosa. La Ciudad de México tiene particularidades impuestas a los defeños, quizá ausentes en otros citadinos, pero también diferencias según el sector de la ciudad.
Pequeñas ciudades se van superponiendo para crear el abigarrado arte catastrófico que es el Distrito Federal, el DeFiendete, el DeFectuoso, del Detritus Jiederal, atrapando las órbitas de la zona conurbada: Tlane, Neza, Ecatepunk, Chalco, delineando una geografía apabullante.
Rogelio Flores coloca a sus personajes en el primer cuadro y anexas del DeFe: Garibas, la Fondeza, la Roña, San Rafa, Tabacalera y otros quistes del centro capitalino. Desde ahí, si bien no da cuenta de la compleja articulación del desastre Ciudad de México, sí logra enmarañar sus historias en la especificidad de un todo indiscernible.

Adiós Princesa cabalga sobre el lomo de la cotidianidad enferma de inmanencia y con esta construcción toma lugar entre los autores que no alcanzan a percibir la trascendencia como algo digno para narrar. Muy al contrario, recurre a la bajeza para penetrar en las células mutantes de este bodrio de ciudad.
En Cien sombras la lucha de poder entre minusválidos trabajadores de la industria de la lástima subyace al drama cotidiano de la chamba y la traición. El relato sirve como una especie de monografía para escudriñar a los vagoneros y aún así, jamás nos importarán.
En El punk no ha muerto, otro donnadie es el protagonista. Un punk de vida o por la vida, un punk neto nomás por ser basura, por estar al fondo de la cadena alimenticia laboral, logra pírrico triunfo cuando glosa el estropicio así: “Por unos segundos fui Kurt Cobain despedazando su guitarra en el escenario mientras miles de mensajeros de despachos contables bailaban slam y aplaudían frenéticos, lanzando corbatas de todos colores a mis pies que calzaban tenis converse negros”. Mensajeritos, cajeritos de banco, pizzeritos, meserillos rapaces, los charalitos del charco citadino son los héroes en Adiós princesa, y sus glorias son patéticas, aun cuando logren cierto aire épico, como le sucede al pendejo con harta suerte de El espectáculo más grande de todos los tiempos. Al final, el autor le da chace y gana con la derrota.

Qué jodidamente tristes y cursis son las historias de amor”, tanto lo sabe que las evita y siempre habrá un vuelco a la banalidad, a la intrascendencia, esto se percibe con dureza y humor en “No soy tu amor” y uno se convence de que así son las viejas, siempre te van a joder, si no, échenle un ojo a “El centinela de cuello largo y ojillo ciego”. Por eso, cuando cabecita grande obedece a cabecita pequeña, algo ya valió madres: hasta un manatí apestoso puede levantarla, sobre todo cuando los ojos del animal son verdes y no sabe hablar. Nomás aguas, porque los animales salvajes, por más que compartan vicios y filias y fobias con los seres humanos, nunca dejaran su salvajismo y ni con Veneno para ratas.

Con esto en la mirada, la ciudad se opaca, se miente para aparecer como monstruo sin compasión. Miramos por el Espejo retrovisor y son cadáveres los escombros. A mi parecer, este relato logra engranar patetismo y violencia, vicio sodomoso, gomorroso, babilonoso, a la ElEí, una cosa infernal, necrópolis su segundo nombre, nomás para no alarmar, para tranquilizar las conciencia clasemedieras. Y si en este mundo de ficción hay héroes, también hay villanos, policías y agentes de la ley, matones empistolados y damiselas travestis, prostitutas viejas y niñas y el diablo que “sólo poseía y se dejaba poseer por dos vicios: el tabaco y el abuso de poder. Cuatro cajetillas diarias de raleigh y conatos de violencia eran todo los que él necesitaba para conciliarse consigo mismo”, hasta perder la lengua y ganar el cosquilleo por la verga.

Rogelio Flores prefiere la fantasía gótica, mezclando Lovecraft, Mary Shelley y Daniel Muñoz Martínez (creador de Gervasio Robles ‘El Pantera’) que fantasías épicas con elfos. Puro orco. Ni siquiera el tipo guapo y chicho del drama tiene alma noble por más que sea un ángel vengador. El personaje de “Besos de fantasmas” está marcado por la baja ralea de su linaje.
Pero eso sí, las damiselas, un tanto bukowskianas, putas, borrachas, pachecas, cocainómanas, son, sobre todo, princesas. Todas son princesas sin castillo ni nobleza. Pero princesas, “como quien no tiene un techo y se enamora de los nubarrones de un cielo iluminado por relámpagos”, el halo de superioridad arrabalera de las hijas de los reyes caídos cobijan con su desprecio a los plebeyos, como sucede en Adiós Princesa.

No sé, estos elementos quizá definan el lugar de la literatura de Rogelio Flores en aquello denominado realismo sucio: intrascendencia en los temas a fuerza del patetismo de la cotidianidad, personajes viles, lenguaje directo y lumpen, vagabundos, borrachos y empleadillos varios, policías y delincuentes, mariachis y músicos decadentes. Fauna mugrosa que ensucia esta ciudad. Es decir, los héroes de nuestro mundo.

Flores, Rogelio. Adiós Princesa. Descritura Ediciones, 2005.