Aquello que nos resta, de Liliana Pedroza

Por Hugo César Moreno Hernández.

Entre 1929 y 1930 Martin Heidegger dedicó su curso en la Universidad de Friburgo para indagar sobre el aburrimiento. Ya en Ser y tiempo había explorado el abandono del estar-en-el-mundo o dasein para pensar en el abandono de sí, una desubjetivación. Esto sólo alcanzable a través del aburrimiento profundo. La propuesta de Heidegger es una inmersión al vacío vía el aburrimiento. Y “uno se aburre”, el aburrimiento devora al yo y permite al ser ahí para lo que acontezca. Me parece que los personajes de Liliana Pedroza sufren de vacío y se empeñan por asirse a una subjetividad que ya no está ahí, se aferran a aquello que les resta, dejando constancia en el título del volumen sobre la pesadez que los aplasta. Están quietos y se mueven por una inercia conversa en máquina de dolor. Les duele. Se duelen, son el uno que se aburre y se espanta con los escapes ensayados, casi todos infructuosos, o todos yermos, pues no hay selva por crecer ante “los mismos rostros siempre” descubiertos en Aquello que nos resta, cuento que presta nombre al libro. Los rostros repetidos ad nauseam adoquinando el sendero hacia ninguna parte, en una ciudad amurallada por “la muerte repetida delante nuestro en todas las esquinas con el rostro de alguien”, ese rostro siempre el mismo.

Con la Visión de ‘Laura’ ya nos vamos ensimismando en la quietud subjetiva, incinerada por un rutilar apabullante. Un tipo se aburre atrapado en la edad de ‘Laura’ o cuando Laura daba sentido al paso del tiempo y éste no era más que el tic tac del ensimismamiento hacia el pasado. Y el tiempo pasó por Laura y él quedó atrapado en el sinsentido de un amor vacío, aburrido, jamás consumado y siempre contaminante de relaciones enfermadas por la estática del personaje. El escándalo no está en el amor prohibido, sino en cómo la lenidad del personaje se prohíbe separarse y colocarse ahí, no en el pasado enfermizo.

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Situación similar padece quien queda prendido a la condición de espectador. La escena irrepetible obsesiona y derrumba cualquier impulso movilizador para anclar a la butaca o a la sensación de la butaca creyendo tener los arrestos para repetir con exactitud un momento alojado entre los tristes testículo. Nos quedamos atolondrados cuando el personaje se sabe y aun así se enlista para perderse en lo imposible de la reiteración, tratando de detener el tiempo en una postal con movimiento, una asunto “de la perversidad como forma autentica de placer que en esos días en que he estado solo me ha dado por pensar” y reiterar y creer que sí a sabiendas de la imposibilidad de la empresa. Y con Claudia no sabemos si termina víctima o simple instrumento.

Los subterráneos no escapa a este influjo de abulia por el futuro. El narrador critica al instigador de una excursión estrafalaria por haberse quedado “detenido en una adolescencia que ya habíamos rebasado hace tiempo”, pero se deja seducir por el pasado, por la exuberante belleza del “estado inalterable de la fugacidad”. Quizá este cuento desentona un poco con el resto en términos de lo que he venido diciendo. Una aventura en medio de máquinas personales de destrucción pareciera funcionar como acelerador del ánimo. Pero las cloacas operan, creo, como artilugio de inmersión subjetiva, por lo que Los subterráneos merecen la patria otorgada por Liliana Pedroza.

Con ‘Marina’ la mirada cambia, no está ensimismada y logra un gramo de objetividad para reconocer la detención del tiempo como arma mortal para el alma. Por más que el narrador rememore su “colección de objetos perdidos” y envidie la inmovilidad, su vocación de vagabundo, inoculada vía familiar le resta capacidad analítica para comprender el dolor ajeno y ese afán por alargar en un loop el drama. Lo reconoce cuando declara que “uno no es capaz de compartir la tristeza con nadie” y se apresura por invadir la parcela del tiempo alargado al infinito interiorizando la quietud espiritual de su observada: “Sentía no tener en realidad futuro sino un largo aquí y ahora”. Entonces mira el acantilado y se regodea en la depresión tal como hace el nombre del quebranto pronunciado en largo lamento: Mauricio. La herida más profunda escarbada con explicaciones y escenas revividas que pierden sentido en la escansión, alargadas como perezosos hilos de miel que no llegan para endulzar el paladar, estacionada en una secuencia terrible y abandona en el “sin vida propia” y “los demás nos alimentábamos de las ajenas”, mutilados de la diferencia del tiempo.

En el último tac de ese reloj con que Liliana Pedroza atormenta a sus personajes, la repetición de la misma muerte, supone un aburrirse de muerte que no llega, porque “es la misma, Irene, es la misma mujer. Reconozco su rostro. A veces llega con parte de su cuerpo calcinado o con cortes hondos en las piernas”. Ni la muerte termina la tortura. Se repite incansable en el mismo cuerpo, anegando los ojos con su imagen exacta al segundo anterior. No es un deja vu, no es un accidente. Es la estructura del suplicio contemporáneo en el que no debemos aburrirnos, porque es de mal gusto, sino que es preciso alterarnos recurriendo al sin sentido de un momento y el momento es, y uno no es.

Pedroza, Liliana. Aquello que nos resta. México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2009.