Hijo de Hombre, de Miguel Ángel Hernández Acosta

Por Hugo César Moreno Hernández.

En Hijo de Hombre tocar fondo se traduce en descubrir las entrañas desparramadas sobre la porcelana del escusado. Sanguinolentas, dolorosas, con el hedor de saberse hecho mierda y sin las facultades para encontrar un sendero hacia arriba, siendo el juicio personal la parte acusadora y el lastre manteniéndonos entre nuestro ser sangrante. Rodrigo recuerda el adagio materno mientras se regodea en su miseria: “si el café falta es que la pobreza vive con uno” y siente reguerillos de sangre escurriendo desde su ano malherido, borbotones fluyendo desde su estómago hambriento y corroído por la gastritis y reconoce que, quizá, en un subtexto muy adentro, muy en el fondo del vertedero, la pobreza se ha marchado también.

Más o menos así nos presenta Miguel Ángel Hernández Acosta a su Hijo de Hombre, hecho una piltrafa digna de amanecer muerta por pura benevolencia con el mundo. Sin embargo, naturaleza humana, la vida se hace más bella cuando se ha pasado tiempo soportándola, cuando “el humo de un cigarro en el pecho a veces es un suspiro, un consuelo” y es en el rencor, el amargo recuerdo, donde un asidero se deja ver, nomás para culpar al pasado, nomás para no convertirse en el propio verdugo y entonces el otro, el maldito, el huido, ese que asesinó a Rodrigo concibiéndolo se convierte en la cuerda y el personaje de Hernández Acosta comete nuevo pecado de cobardía y traición y decide ir a buscar lo poco por rescatar. De lo perdido lo encontrado, quizá le diría la vieja a Rodrigo, como disculpando sus obstinadas ganas por despertar al día siguiente.

Hijo de Hombre es un sendero de regreso para atisbar el futuro y negarse la responsabilidad del presente. Rodrigo Castelares es un personaje atormentado por su estirpe, por la madre católica, fanática de biografías de santísimos personajes y el padre sacerdote, ungido por las luces más altas de capacidades súperheroicas, quizá milagrosas para ser coherente con el tono de la novela. Emprende una huida y en la evasión halla camino y en éste la recompensa del sufrimiento, del martirio. El camino del Santo.

Si uno se queda con la idea de la búsqueda del padre muerto, las reminiscencias rulfianas de un Pedro Páramo con el toque de la desertificación álmica vienen de inmediato. El yermo terreno agitado por las almas desecadas de miles de hijos se espera al momento en que Rodrigo, “un hombre que de tan deprimente resultaba incómodo”, baja del autobús. Un pueblo de viejos, esas almas demasiado empecinadas en mantenerse en este mundo, contrasta con la voz luminosa de Silvia. Ahí se da el viraje, aunque no violento, no tan raudo que expulse la historia de su aroma a desierto rulfiano. Pero no va por el páramo, sino por la milagrosa parafernalia de un Anacleto Morones en búsqueda de un heredero tanto o más milagroso. Jacinto, el espíritu, el cuerpo de seres de alta luz pretende, más allá de la tumba, “insuflarle un soplo de vida” a un muchacho “acostumbrando a la sensación que produce el desamparo” con el fin de convertirlo (tanto en términos de metamorfosis como en términos religiosos) en el nuevo Castelares, el nuevo jefe de tribu, el nuevo sumo sacerdote de su religión. Y para convertirse en caudillo o profeta hace falta un duro proceso de aprendizaje, como muchas vidas de santos dejan ver. Sufrir, gozar el martirologio y quejarse, quejarse mucho por la suerte endilgada por los dioses o dios o los padres o el mundo, el asunto es sufrir para ganarse el derecho de profesar una fe. En varias ocasiones Joaquín le recalca a Rodrigo cómo la vieja, su madre, lo fue educando para comprender su papel en el juego místico y lograr hablar en lenguas, curar cuerpos y espíritus y reavivar una comunidad.

Me parece clara la referencia al ‘Anacleto Morones’ de Rulfo hecha por Miguel Ángel, penetrando en un mundo casi de ensueño, de evocaciones a un México en blanco y negro, con sus formas duras, embellecidas por la piedad cristiana hoy un tanto en desuso. Si no fuera por mi ateísmo rabioso, habría disfrutado más ese juego de renovación de la fe católica según una secta de la curación comunitaria, porque al fin, al menos eso me parece, el juego, tanto de poder como de recompensa (pensando mucho en las recompensas del poder), se coloca en la posibilidad de dar nueva vida a un todo a partir de la Ecclesia y el rejuvenecimiento de un estar juntos. Y al final el heredero de la luz, el Hijo de Hombre decide hacer camino sin buscar, entre plañidos patéticos, de dónde agarrarse para no ser.

Hernández Acosta no se reconcilia con el pasado, como apunta su personaje: “Uno puede enemistarse con el pasado, pero al cabo de un tiempo debe hacer las paces. Para ser un hombre, reflexionaba, no deben cargarse rencores”, sino que lo dibuja para permitirnos encontrarlo en nuestro presente. Quien busque santidad y consuelo, la hallará aquí. Mas, quien busque indagar en relieves místicos de esa cosa que algunos llaman mexicanidad, podrá casi sentirlos con la yema de los dedos.

Hernández Acosta, Miguel Ángel. Hijo de Hombre. México: Jus, 2011.